spring breakers

En el cine hay lenguajes: muchos, variados, flexibles. Un primer plano puede significar una cosa u otra según el contexto u otra infinidad de variables. En el cine, también, hay modas. Ya sea un género, un procedimiento técnico o incluso una estética, son etapas de apogeo de las cuales muchas películas se terminan contagiando. Esto no es es algo peyorativo: ningún film sale de la nada. Lo más interesante es cuando se producen mixturas, actualizaciones, reinterpretaciones. Entonces, si hablamos de modas, ¿con qué nos vamos a encontrar cuando vayamos al cine mañana? Creo que se puede esbozar, a grandes rasgos, un estilo con en el que las películas industriales dialogan. La cámara moviéndose todo el tiempo, la música extradiegética que regula el ritmo del montaje, el uso de la cultura pop para provocar identificación, ralentis y toda clase de pirotecnia visual. Ejemplos: la cámara en mano de Proyecto X y The Hangover, la música de todos los derivados de tanto el drama como la comedia americana (It’s a Kind of a Funny History, Funny People), las infalta­bles referencias a The Smiths en (500) Days of Summery The Perks of Being a Wallflo­wer. Nótese que las películas que cito tienen estilos y públicos diferentes, pero todas están atravesadas por esta coyuntura.

Tomemos el ejemplo de 50/50. Luego de enterarse de que padece cáncer, Joseph Gordon-Levitt se toma un colectivo a su casa. Sentado, mirando por la ventana, suena “High and Dry” (Radiohead no tiene la culpa de hacer grandes canciones y que los demás se “cuel­guen” de ellas). ¿Estas imágenes editadas al estilo videoclip de una canción pop pueden realmente transmitir los sentimientos que puede generar la noticia de una enfermedad? ¿No hay una cierta pereza narrativa al tomar una canción previa al film (que es arte en sí mismo: no necesitó de otra cosa para provocar identificación) y usarlo para establecer un estado de ánimo general? ¿No les parece que esos tres minutos de canción pop son pocos como para hablar de algo tan grave como una muerte inminente? No estoy diciendo que esta estética símil videoclip sea algo contra lo que se deba luchar, pero hay que remarcar el riesgo de la cristalización de este lenguaje. Es decir, que si bien hay ejemplos felices (Juno, Adventureland) hay películas, antes citadas, en las que se pone en una coctelera todos estos elementos para lograr un resultado aparentemente moderno.

A priori, pareciera que Spring Breakers, la flamante película de Harmony Korine, cumple con todos los requisitos para ser una más de todas las que se nombraron. Sin embargo, hay algo que no cierra. En la primera escena (con ralenti, con música, con todo lo descrito ante­riormente) no sentimos lo mismo que en otras películas de ese estilo. Esos cuerpos descon­trolados están enrarecidos: la cámara se queda más de lo que debería en lugares incómodos y a nosotros como espectadores no se nos mete dentro de la escena: hay algo que anda mal. Mediante la puesta en escena, la maestría en pequeños detalles es lo que nos permite tomar distancia crítica de lo que vemos. Y esa misma fiesta es repetida a lo largo de la película con distintos contextos, provocando al comienzo incomodidad y después, repulsión.

El film empieza con una larga escena de una monumental fiesta en la playa con muchas chicas mostrándose, con toda la parafernalia que eso implica. Y luego, pasamos a las chicas protagonistas planeando sus vacaciones de verano, su “spring break”. Hasta ahora, nada raro: se presenta un ambiente y luego quienes personificarán nuestro punto de vista. Incluso estas escenas podrían pertenecer a Proyecto X o alguna similar. Sin embargo, esas imáge­nes no nos dejan con esa sensación. La cámara se queda más tiempo del que debería en algunos momentos, desde la puesta en escena hay algo que la separa de las películas antes citadas. Se toman elementos, procedimientos ya inscriptos en la cultura popular y los sub­vierte. No es otra peli de tipo sexplotation a la que se le agregan armas. Ese ritmo frenético de cámara en mano, que parte de una estética de videoclip, no le deja descanso visual al espectador.

El gran truco de la peli, lo que la hace buena, básicamente, es lo que la teoría psicoanalítica llama “perversión”. Es decir, ciertos momentos, diálogos, fragmentos sonoros o visuales de escenas, se repiten en varios momentos del film y, de acuerdo a su contexto narrativo, tie­nen diferentes significados. Es así como lo conocido se vuelve desconocido, y eso nos asusta, como mínimo genera incomodidad. La fiesta del principio, repetida luego, se per­vierte y no transmite las mismas sensaciones.
Esto se logra con una disolución del concepto clásico de escena. No hay unidades tiempo-espacio estables, sino fragmentos de audio e imagen con desfasajes que refuerzan el aspecto dramático de la historia. No se puede analizar cada escena como algo autónomo porque siempre hay alguna referencia al futuro y al pasado de la historia.

Un tema central son las chicas Disney, las protagonistas. Es tanta la insistencia con sus cuerpos, con sus bocas, con sus piernas, que perdemos referencias. Cuando esto pasa, se vuelven casi una abstracción. Son pura textura, puro color. Sucede algo muy curioso: se entra al cine esperando ver a Vanessa Hudgens, y luego de independizarla y aceptarla como personaje, es tan extraña su relación con el entorno, con todo lo que pasa a su alrededor, que se pierden referencias: estamos viendo formas moviéndose (literalmente, hay escenas modificadas digitalmente que acentúan este efecto).

La primera parte (en la que sucede todo lo contado hasta acá) termina cuando se produce el inconveniente de las chicas con la policía. Ahí la película deja la cámara en mano y todo su ambiente cambia. La segunda parte, en donde hace su entrada Alien (James Franco), resulta menos interesante en lo formal y casi que se cae en el género del gangster. Es ésta la parte más floja del film, aún conservando puntos muy altos, como el tributo que se le hace a Britney Spears. Con referencias a la cultura popular y al cine de los últimos diez años, se dialoga con la sensibilidad del espectador y con la industria del cine, logrando así una reflexión sobre la juventud y todo lo que eso implica.

Todo esto hace que sea una película pretenciosa (en el buen sentido), con ánimos de trascendencia. Es seguro que generará polémica en cuanto a cierto tufillo moralista de Korine, o por contrapartida, por escena con mucha violencia explícita (no referido solamente a lo físico, si no al ambiente sexual y verbalmente violento). Hay un combo que toda película que simboliza debe tener y que ésta lo posee. En el cine, segundos después de terminada, alguien grita “malísima”, mientras que otros empezaban a aplaudir. No se me ocurre mejor recibimiento para un film que ése

Entonces, ¿es Spring Breakers una película fallida, mal filmada? De ninguna manera. Hay conciencia de todo esto de lo que estuve hablando y una reinterpretación. Porque toda la primera hora del film es un fucking videoclip: se olvidaron el trípode en casa y le ponen música para bailar al compás. La clave de la película es la crítica a la estética (que también es ideología) del cine industrial estadounidense. ¡Y todo dentro de Hollywood!

Si el cine tiene lenguajes y la historia del cine es la evolución de éstos, Spring Breakers, por lo tanto, debería tener su lugarcito allí.

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