celebración de Holy Motors

Todas las críticas que leí sobre Holy Motors no saben a qué potencial lector le hablan. Es decir, resaltan todas sus virtudes, que son muchas, pero no se refieren a su estructura, ayudando así al desengaño del espectador que se acerca a verla. Y así se agranda la brecha entre la crítica (una entidad abstracta) y el público. Porque la tarea de una buena crítica es abrir nuevas lecturas de la obra y  hacerla más accesible para espectadores menos avispados y no prolongar una charla entre entendidos. Y entonces, Holy Motors, una película, a mí juicio, accesible para todo el mundo (que incluso tiene “mensaje”) no tiene la llegada que debería tener.

Es necesaria una crítica didáctica, porque cuando uno empieza a estudiar cine, o a leer sobre cine, o a preocuparse sobre lo que ve, se produce una grieta con el espectador más clásico. Definición de espectador clásico: recuerda a los actores más que a los directores, valora el argumento por sobre todas las cosas y cree que una película bien hecha es aquella que no produzca ningún cimbronazo con el modelo de representación institucional (uno más o menos artie puede llegar a films de cierta sofisticación como Being John Malkovich o Eternal Sunshine of Spottles Mind siempre y cuando las historias cierren con moñito y explicación, voz en off mediante). Por eso hay que acercar y hacer visibles las estructuras, los hilos que sostienen el cine.

De ninguna manera se trata peyorativamente al espectador promedio, que en su sistema (inconsciente) de valoración es tan difícil de complacer como el del más cinéfilo. Sólo que en el primer caso la satisfacción viene desde el perfeccionamiento de un sistema ya existente. Ese es el punto. Es necesaria, en casos como Holy Motors, advertir sobre las esperas, sobre la (aparente) falta de estructura de tres actos, sobre el enigma que nunca se resuelve. Es necesario advertir, sobre todo, su ambigüedad. Porque sólo así se disfruta una película, entregándose a ella.

Esta película es hermética en un primer momento, para luego dar paso a múltiples interpretaciones (digresión a mí mismo: uso la palabra interpretaciones porque es la indicada para describir una serie de hipótesis que expliquen los acontecimientos relatados, pero me gustaría usar otra: sensaciones). Es decir, si el espectador clásico logra superar todos sus prejuicios que vienen de años de adoctrinamiento audiovisual, se encontrará con un film gigante, reflexivo e innovador. Por eso repito la importancia de la advertencia, no estamos frente a un film cerrado.

Holy Motors trata sobre un actor, si se puede llamar así, cuyo teatro es la vida real. Así es como se da lugar a situaciones totalmente surrealistas, a contramano de lo que estamos acostumbrados a que suceda. Podría decirse también que cada una de sus nueve “citas” corresponde a un género cinematográfico, pero no quiero caer en la interpretación en el sentido que describí antes.

Imágenes que no puedo sacarme de la cabeza: Eva Mendez posando y mirando desde arriba a ese ¿intento? de zombie. Ese pseudo videoclip en plano secuencia como intermezzo. La escena de sexo en el estudio de animación. Las limusinas entrando al galpón.

Lo importante de esta película es la sensación, es la habilidad de Léos Carax para narrar, para captar el tono perfecto a cada situación. Narrar por narrar, por el puro placer de generar una respuesta en el espectador. Y así se experimenta con el aspecto formal del cine, estirándolo hasta sus límites. Acá no importa lo verosímil o esos juegos de guión tranquilizadores, casi burgueses diría. Importa la búsqueda de nuevas formas para nuevos contenidos, abriendo el juego al cine por el cine.

Entonces si se llega a los márgenes del dispositivo, todo vale. No hacen ruido los monos, los zombies, los autos parlanchines, la sangre falsa o otros tantos artilugios. Porque estamos inmersos en otro gran artilugio llamado cine, que es lo que nos hace vibrar. Por eso celebro este film que, detrás de todo, vuelve a los orígenes.

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