Bolivia: la mejor película de Caetano

Decir que el cine de I. A. Caetano es político es más bien un lugar común. Lo son igualmente Trapero y Martel, los otros grandes cineastas del ¿N?CA. Manifiesto mis dudas con respecto a Alonso y Llinás: allí habría que ver, desde una perspectiva casi marxista, las condiciones de producción que determinaron sus películas para encontrar el carácter político de su cine. En realidad, todo el arte es político, incluso el pretendidamente desentendido. Pero eso ya es decir obviedades.

Hablar de política es hablar de desigualdades, ilusiones, condiciones de vida o proyectos. El gran mérito del NCA fue encontrar nuevas formas (disímiles) para poder narrar dentro de ese clima de época, de la crisis (y sus gérmenes) en 2001. En ese contexto se filma Bolivia, la mejor película de Adrián Caetano: haciendo ficción pero con alto nivel de registro documental. Desde la clásica utilización de no-actores, hay elementos que se cuelan en el cuadro y que (al menos para los que no vivimos esa época concientemente) sirve de documento de una crisis solamente insinuada. Hacer alusión a ella hubiese sido demasiado burdo: quizás por eso ninguno de los grandes directores lo han hecho. (En ese sentido la grandeza de La Ciénaga: su poder de anticipación)

El cine de Caetano es un cine despojado, pero no de observación pasiva: hay una puesta en escena que pone de manifiesto la visión del realizador. Y esto no es engañoso. Ya la decisión del blanco y negro evidencia el carácter personal de la película. Hay planos que por su estilización, que parecerían venir de Á Bout du Souffle. Sin embargo, al contrario de lo que podría pensarse, pocas son las similitudes que se pueden encontrar con Mundo Grúa.

Si bien la de Trapero es una película ya canónica, y sería difícil criticarla por lo intrínseco a ella, se pueden ver los mismos elementos reaccionarios que surgirían en sus últimas películas. La visión estilizada, casi poética de la vida del Rulo y luego un tratamiento por demás solemne en El Bonaerense (o sea, desde afuera) tienen su contracara en la inacción de esas mismas clases bajas en Carancho y Elefante Blanco. Sólo alguien exterior a ellas (preferentemente Darín) puede salvarlas.

En cambio, Caetano los dota de pensamiento (elemental a veces) y opina sobre ellos. Es decir, hay puesta en crisis de manera doble: la crisis permanente de la condición social, y la crisis de la mirada del realizador. Se nota que, a diferencia de Trapero, aquí la mirada está al interior. Y entonces lo que podría encontrarse como mensaje aleccionador no está añadido sino que es propio de la obra y surge de ella. No es presentado como una tesis ya que el encadenamiento de tensiones del film es lo que la genera, y no es que de antemano se parte con una premisa moral y luego se busca una historia que encaje con lo que se quiera decir.

El carácter físico del dinero no es casualidad. La cámara explica los cuerpos, explica los rostros a través del dinero, se vuelve su contra-campo.  Y esto evidentemente genera incomodidad. Más allá de que ahora debamos multiplicar por diez para entender los precios, podemos hacer las mismas cuentas mentales que hacen todos los que van al bar. El dinero, finalmente, es el que regula todas las relaciones. Lo cotidiano se vuelve perturbador y entonces pedir un café se vuelve un poder inmanejable que sólo puede terminar en tragedia.

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