humildes recomendaciones para acercarse al cine contemporáneo

1: Relájese.

El cine es, ante todo, una experiencia sensorial. En la mayoría de la producción industrial, no hay la menor confianza en la capacidad de narración (o de producción de sentimientos, o si se quiere, empatía) de las imágenes por sí solas. Nos vemos expuestos a montones de voz en off, de intervenciones visuales, de música omnipresente. Y así, las únicas películas que valen la pena son las que se enamoran de sus mujeres: cuando se explora un cuerpo o un rostro de manera persistente, o analítica, o emocional, surge algo de la esencia del cine mudo (o lo que Bazin llamaba la ontología de la imagen cinematográfica).

El disfrute del descubrimiento no es menor. Con el argumento disperso (a veces más, a veces menos), surgen imágenes que valen de manera autónoma y no dentro del sistema que propone una película. Cada una de las acciones de Misael en La Libertad permite ver detenidamente algo: un tronco que se parte, la textura de una plantita. Y no necesariamente esas cosas están en primer plano. Esa libertad del espectador (otorgada por el director) es también, diría el tío de Spiderman, una responsabilidad.

2: Piense.

No necesariamente todo tiene una explicación. Como ya dijimos, hay mucho de arbitrario. Los lazos son más débiles, y no hay una clara concatenación de causa-consecuencia. Esto hace del cine una obra incompleta, un arte abierto. Ya hace dos mil años que no necesariamente debemos hablar de mímesis. Sontag, en su ensayo Contra la interpretación dice: “Aunque pueda parecer que los progresos actuales en diversas artes nos alejan de la idea de que la obra de arte es primordialmente su contenido, esta idea continúa disfrutando de una extraordinaria supremacía. Permítaseme sugerir que eso ocurre porque la idea se perpetúa ahora bajo el disfraz de una cierta manera de enfrentarse a las obras de arte, profundamente arraigada en la mayoría de las personas que consideran seriamente cualquiera de las artes. Y es que el abusar de la idea de contenido comporta un proyecto, perenne, nunca consumado, de interpretación. Y, a la inversa, es precisamente el hábito de acercarse a la obra de arte con la intención de interpretarla lo que sustenta la arbitraria suposición de que existe realmente algo asimilable a la idea de contenido de una obra de arte.”

No me interesa pensar en que las limusinas en Holy Motors son en realidad una alegoría de los estudios. Eso sería cerrar la obra, hacer una listita de qué significa cada cosa y listo, pasemos a otra película. Basta de psicología, de personajes “profundos”, de flashbacks explicativos. Luego de ver ciertas películas, uno no puede más que pensar que un guión armado perfectamente es reaccionario y que la revolución se hace a golpes de arbitrariedad.

3: Disfrute.

Una vez cumplidas todas las condiciones anteriores, el cine contemporáneo se vuelve una gran fuente de placer. Películas como las de Apichatpong Weerasethakul, Leos Cárax o Jarmusch (gente muy disímil entre sí) tiene un denominador en común: mantienen una relación entre las imágenes y su argumento -su excusa- diferente a lo clásico (oh que novedad). Cada película se vuelve el descubrimiento de un régimen audiovisual  novedoso. Como mínimo, es interesante.


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