sobre NK, de I.A. Caetano

Suena paradójico decir que el corte final de NK, la película de Néstor Kirchner hecha por I.A. Caetano, no es kirchnerista, pero es así. Habría que ver que es el kirchnerismo, o al menos en que aspectos éste podría contaminar la película teniendo como consecuencia hacerla más aburrida, previsible o más útil para tal o cual motivo. Un lugar común sería decir que esta película trata del hombre y sus contradicciones, pero eso sería minimizarla, porque al tratar de llegar a él, de rebote se habla del país y su coyuntura.

¿Por qué esta no es una película kirchnerista? Si hay algo que logró este proyecto (por ahora no digamos que es nac&pop) es el establecimiento de un sentido común, más o menos de izquierda, más o menos progresista,  en la gente. No sé si el kirchnerismo ganó esta batalla por los símbolos, por el cuestionamiento del poder o el alcance de los medios, pero al menos hizo que dudara en escribir la gente (y que luego sonriera y lo pusiera en cursiva). El problema es que todo lo que podría llegar a tener de revolucionario en el discurso se ha cristalizado en un rosario de repeticiones que al final pierden todo su potencial. Nada nuevo. Pero mejor que yo lo explica Martín Zariello, hablando sobre este último kirchnerismo: “El mejor gobierno kirchnerista, el que más nos hizo felices, fue el de los amigos impresentables del Pingüino, el de los cuadros residuales del Cabezón. No sabían quién era Laclau y en vez de usar patillas, curtían bigotes. No eran jóvenes ni glam, más bien viejos y sucios. Eso sí, jamás se les hubiese ocurrido imitar al kirchnerismo: estaban ocupados en inventarlo“.

Desde que tengo memoria vivo en el kirchnerismo. Mi primer recuerdo político es el de haberle preguntado a mis padres cómo influiría en nuestras vidas una victoria de Menem en el 2003. Recién comprendí la importancia de la política en 2010, con la muerte de Néstor. Fervientemente kirchnerista en los últimos años de secundario, después la efervescencia se me pasó. Conocí a Quintín (a quien admiro como crítico), y me saqué los prejuicios hacia la derecha. En síntesis, creo que me estoy volviendo un tibio social-demócrata. O al menos miro receloso toda la construcción de un sentido común K que intuyo ajeno.

Pero esta película me hizo acordar porqué era kirchnerista y porqué los sigo aún votando. Néstor y su discurso del 2003: pocas veces se ha alcanzado un nivel casi poético en esas circunstancias (disgresión: me cae mucho mejor la oratoria de él  que la de ella). Es un resumen indiscutible de todos goles al ángulo: los cuadros de Videla y Massera, la ley de matrimonio igualitario, la cumbre contra Bush. Imposible negar esos aciertos, después vienen las contradicciones, que son inevitables considerando que es un período de 12 años de construcción política. Al contrario que en la película de Paula de Luque, aquí no hacen ruido esas omisiones: es un documental personal, y por lo tanto, sesgado. Como debe ser.

Es un gran problema la auto-celebración: el 7D, los premios AFSCA, los aniversarios inventados. Es sintomático. Y dentro de esta lógica se inscribía la película de Paula De Luque. Un film que está hecho por encargo (algo que no está necesariamente mal) y se nota mucho. No se le deja a las situaciones cobrar significado por sí mismas. Entonces cada hecho, cada decisión, está impregnada de épica impostada. Ojo, no estoy diciendo que el kirchnerismo no tenga épica, pero pongo en duda cuánto de ello está mandado desde arriba y cuánto es realmente espontáneo. El discurso del poder oculta su verdadera naturaleza: un buen film, como mínimo, lo problematizaría.

Si la película de De Luque está hecha desde arriba hacia abajo, la de Caetano es al revés: la mirada es distante y a otro nivel. Pero, obviamente, como la de cualquiera, es sesgada y personal. E inteligente, porque no oculta su subjetividad y hace intervenciones sobre las imágenes, llevándolas incluso a un nivel poético. No quiero nombrar las más importantes, porque parte de su poder reside en la sorpresa. Sabíamos que iba a ser emocional, que iba a ser conmovedora, pero sin dejar de ser inteligente: el talento está en organizar esas imágenes para ir generando tensión (como en el “que la historia me juzgue” de Cobos) y un relato sin necesidad de voz en off o una narración lineal.

Es imposible conocer a Néstor Kirchner. Menos si escuchamos el cuentito oficial (digresión: ¿nadie se puso a pensar la figura del néstornauta? No tiene el menor sentido, me imagino el pensamiento del inventor: uh, dictadura->héroe colectivo->Néstor). Ante esto, Caetano trae dos procedimientos. El primero, la libre asociación. Con un ir y venir ante la historia, se pueden establecer lazos independientes al pensamiento hegemónico (que, aparte, muchachos kirchneristas, les quiero decir, ya no es el clarinista. A ver si entienden, son-el-estado, tienen varios monopolios controlados, el congreso y la autoridad federal sobre los medios de comunicación). Más personal si se quiere. Y esa es una decisión (est)ética –paréntesis en homenaje a NP-. Si bien hay reencuadres a la manera godardiana (Je vous salue Sarajevo, 1994), creo que estas son en pos de una narración (o una sorpresa) más fluida, y no necesariamente para orientar la interpretación. La verdad (si es que existe) está en el hecho y no en la parafernalia literaria que viene después, que es sobre la cual se sustenta la película de De Luque. Surge en un sentido sensorial y por lo tanto personal.

Por último, el segundo procedimiento tiene que ver con los zooms indiscriminados sobre las imágenes en pantalla. Ese afán que tiene por acercarse al hombre público hace que veamos los píxeles más grandes que jamás hayamos visto. Como cuando de pibes nos acercábamos a la televisión y veíamos esos puntitos que antes no veíamos. Ahora, con Néstor y también con Caetano, podemos ver ciertos engranajes correspondientes a la lógica del poder que habían permanecido ocultos.

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