frances ha, el indie, y mi imposibilidad de disfrutar

Quiero que me guste Frances Ha. Pero no hay caso. Esbozo algunas explicaciones y encuentro cuestiones personales mezcladas con cuestiones específicamente cinematográficas. Incluso formalidades de puesta en escena o de montaje. Es decir, el blanco y negro, la música de Los 400 Golpes (!), las correteadas de Greta Gerwig entre otras  decisiones de Noah Baumbach configuran una película totalmente cool de la cual me quedo afuera.

Una explicación posible es que yo soy un amargado, un quejoso que no puede ver en las actitudes de la protagonista valores auténticos o motivaciones espontáneas. Otra explicación sería que la protagonista no es tanto el problema, sino quien recorta ese pedacito de mundo que es la película y le asigna un lugar a ella en él. Las elipsis son más bien arbitrarias, o peor, no generan ningún tipo de interés porque uno podría tranquilamente imaginarse lo que está pasando entre escenas. O quizás realmente ésta sea una película fallida en su tesis y en su hipótesis: en su fin (o norte, o meta) y en el camino hacia ello. Pero ya voy a tener tiempo de seguir hablando de mí mismo.

Hay películas contagiosas, de las que en ellas hay una onda expansiva que se instala en nuestros ánimos durante todo un día o toda una semana. No necesariamente es un mérito intrínseco, porque esto puede generarse por el valor documental involuntario: las calles de Buenos Aires, o de cualquier otra ciudad del mundo, a los fines de los años ’70 tenían particularidades (o eso supongo) que en las pelis de Aristarain, por poner un ejemplo, se pueden sentir. En las películas de Fellini, no necesariamente identificadas con lugares específicos (aunque podríamos hablar de Cinecittá), dejan flotando un aire de fiesta, ayudado también por la música de Nino Rota. Otras, en cambio, son contenidas y el espectador es el que está obligado (bah, si tiene un mínimo de interés) a meterse en la narración y completarla. Hay que hacer preguntas y esperar pacientemente que nos tiren un hueso. Se me ocurre Shara, de Naomí Kawase, se me ocurren las películas de Jarmusch.

Frances Ha pretende ser del primer grupo, pretende transmitir una sensación o un estado de las cosas, el querido y siempre citado zeitgeist. Y en esa ambición se queda y no llega a ser ni la una ni la otra. Ocupada por generar todo el tiempo imágenes memorables, de esas repetidas en tumblr o en fotos de portada de jóvenes hipsters de todo el mundo, cae repetidas veces en el valor estético que tiene el audiovisual relacionado con la publicidad. Y gran parte de la culpa la tiene la música, siempre es la música.

Me molesta el tono afable, simpático de la narración. Esta es una película en sordina (un pedal que existe en los pianos para que suene todo más bajito). Esa especie de mirada tan a la manera de Amelié propia de una chica clase media escapista. Ahí está el problema, en que no hay problema. No necesariamente debería haber un conflicto para que una película avance, pero esta mirada apacible sobre el mundo y las relaciones del director y la protagonista se vuelve monótona, acrítica, hasta al punto de la irritación.

El párrafo de arriba intentó ser serio, hablar con un poco de mesura. Tengo 19 años y por eso me permito varias cosas: una prosa atolondrada, notas con ánimo de trascendencia y categorización, juicios desmedidos y por último, la exigencia a todos por igual de rigor intelectual (esto último pareciera algo obvio, pero puedo asegurarles que no está presente en estos últimos años de crítica). Por eso a la manera del crítico que aparece en 8 y ½ (ya que hablamos de Fellini), pretendo que todas las películas tengan algo de revolucionario y algo de novedoso. El cine indie estadounidense  -en este caso canadiense, que está cerquita-, a priori, desde sus medios de producción, podía tener algún eco de las intenciones de cambio del status quo de generaciones anteriores. Pero se ha vuelto una fórmula cristalizada. Y ya ni siquiera las películas se hacen con poca plata (o poco profesionalismo). ¿Entonces qué queda? Queda una cascara vacía: el detenimiento en los sucesos cotidianos, el rescate de lo vintage, un par de poses y no mucho más. El problema no es lo indie sino la pereza de recurrir a un camino ya recorrido.

Hay un chiste interno en la película: ante algún comentario de Frances que implique cierto saber o posición frente a la vida, sus amigos cool le dicen “undateable”, es decir, nadie querría salir con ella. Puedo entender que pueda parecer una boludez, pero para alguien (quien les escribe) que encaja perfecto en esa descripción -mis fines de semana son testigo de ello-, lo deja pensando. Ese concepto, de persona díficil, con una actitud que no sea totalmente displicente con su ambiente hace que nadie quiera salir con ella. Apliquémoslo a la película: Francis Ha hace todo lo posible por no ser “undateable”.

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