her

Hay una serie que tiene (por ahora) dos temporadas de tres capítulos cada una, autoconclusivos y sin personajes, espacio o temporalidad en común. Se llama Black Mirror y está atravesada por una pregunta: ¿qué queda de los sentimientos o costumbres humanas ante el avance tecnológico? Sin dar respuestas contundentes, la serie esboza respuestas a diferentes niveles. La industria del entretenimiento, las relaciones de pareja, los recuerdos o la política son alcanzados por las redes sociales o la interconexión en general. En el primer capítulo de la segunda temporada, Be Right Back, la protagonista no puede soportar su reciente viudez y se entera de la existencia de un programa que puede generar la presencia virtual de su marido en base a todo documento escrito por él, como la información de facebook o sus tuits. Ahí las cosas se empiezan a complicar.

Algo parecido pasa en Her, la nueva película de Spike Jonze. En una ciudad global, dentro de diez años (o un poco más), Theodore se tiene una relación amorosa (incluso sexual) con su sistema operativo, una entidad virtual que de alguna manera organiza su vida, sus contactos, sus relaciones. Jonze inteligentemente se abstrae de cualquier referencia espacial o temporal para crear una fábula, a la manera de Esopo, sobre el amor y el crecimiento, en un registro de ciencia ficción. Hago referencia a las fábulas porque hay, si se quiere, una enseñanza moral usando el recurso de darle entidad humana a algo que –por ahora- no lo tiene: las computadoras. Así como los animales de Esopo hablan, Samantha (¿¡cómo hace Scarlett Johansson para ser tan sensual sólo con su voz?!) también.

Her corre el riesgo de volverse alegórica pero por suerte vuela bajo. Siguiendo la tradición de los cuentos de Ray Bradbury (y contraponiéndolo con Isaac Asimov o Philip K. Dick), se preocupa por la dimensión sentimental de los personajes y no tanto por sus consideraciones éticas. No se preocupa por delinear la organización de ese mundo distópico y simplemente extrae de él lo que le sirve a la narración. Prefiere sugerir a diagramar. La pregunta en este film no es cómo llegamos a tal situación, tampoco qué hacer con eso, sino: ¿cómo nos sentimos? Es verdad que a veces se vuelve un poco (gracias a la música) sentimentaloide, pero creo que allí hay un poco de autoconciencia: el protagonista le pide canciones melancólicas a su primer sistema operativo. Luego, Samantha compone el soundtrack de la relación.

Ésta, también, es una película sobre el crecimiento. Un poco llevada a lo ridículo (y acá empiezan los spoilers) porque no sé si es posible esa resolución repentina sobre el crecimiento desaforado de la inteligencia de Samantha. Sin embargo, no parece forzado como se han amalgamado mutuamente la vida de los humanos y la existencia de la tecnología. Es decir, en un mundo donde ya no se puedan escribir cartas personalmente, en un mundo donde (uy, que cercano parece esto) la gente no hable entre sí, sino con sus celulares, no parece extraño que Theodore pueda enamorarse de un sistema operativo.

La fábula surge cuando hacia el final de la película: cuando las máquinas se dan cuenta que somos demasiado inferiores, imperfectos, incluso aburridos. Sin estar enamorado de sus personajes, el director prefiere el recuerdo a la huella virtual, la experiencia a la pantalla, el sexo al sexo virtual. Llegado el momento, Jonze sabrá de qué lado estar: en donde se escuchen suspiros.

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