computer chess: una película que no va a ver nadie

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Empecé a leer Moby Dick. Su lectura es difícil, no sólo por su específico vocabulario o por su lógica pretensión decimonónica de abarcarlo todo. Su división en capítulos supone un estiramiento del tiempo de lectura y por lo tanto de la experiencia: es una aproximación al estilo del diario. Cuesta imaginarlo: un barco que sale por ¡tres! años navegando por todos los océanos a lo largo de todo el mundo en busqueda de una puta ballena. Una empresa desmesurada por donde se la mire. Pero de eso se trata el arte, ¿no? la empatía, la idea de estar ahí, atado emocionalmente a lo que ocurra en ese pedazo de papel con tinta. Y no sólo eso, si no pretender entender (e incluso poder reproducir luego) ese pequeño mundo que es la ballenera, el Pequod.

Es un género raro el mumblecore, al límite de la cargada, de la boutade, del último chiste posmoderno. Es hacer cine sin medios y hacerse cargo de eso. Innegablemente indie, con una fascinación por los marginales, allí se inscribe Computer chess, la película de Andrew Bujalski. Justamente por su proveniencia y sus métodos de distribución, la única manera de poder verla es haciendo click aquí.

La convención que narra el film se nos presenta casi tan lejana como la ballenera de Moby Dick. Sus reglas internas, de jerarquías, se van vislumbrando a medida que avanza el relato pero los sistemas, los engranajes, o lo que sea que hace que anden las computadoras siguen siendo inalcanzables para el espectador promedio y para los lectores de este blog (mis amigos, mi tía, y tres o cuatro personas que no conozco). Nosotros estamos preocupados por cuestiones éticas, estéticas, políticas, o bueno, también por quiénes serán los relatores del fútbol para todos, así como estos personajes tienen en la cabeza algoritmos, combinaciones y otras cosas que nunca entenderíamos. Es decir: casi tan aislados como los marineros, pero en tierra firme.

Y en el encuentro con el mundo real es donde está lo chispeante de la película. El mundo de Computer Chess no se presenta como algo intelegible (algo que sí pareciera pasar en el siglo 19 y en Melville). En su obsesión nerd –palabra devaluada si las hay: antes un nerd era  un apasionado por el estudio, apasionado por algo no-popular, y ahora cualquier boludo que se pone anteojos pretende llamarse así- su convención es su refugio. Todo lo demás se presenta lejano, en fuera de campo. Pero esa otra convención de outsiders, la de la gente que se psicoanaliza y busca tríos, empieza a invadirlos.

El cine norteamericano narra a partir de estereotipos. No lo digo como algo malo: es cómodo y puede ser un gran disparador. De vez en cuando, gracias a esa interacción con los estereotipos, salen obras maestras, del tipo Breakfast Club o Superbad. Esta es una película (intencionalmente) imperfecta, más que rara, enrarecida. Sus personajes son personas, gente compleja, incómoda. Una visión del mundo puesta en poesía. O para usar palabras de Pasolini: cine de poesía.

Es que no podría ser de otra manera: una producción fuera del circuito (aunque cada vez menos) que retrata a los marginales y que para ello utiliza procedimientos no tan comunes. Y allí surgen los momentos más bellos, cuando sin canchereadas, se interviene la realidad para llegar a una sensibilidad extraña, particular, pero, no podemos dudar, sincera. Computer Chess sabe desde dónde hablar y cómo.

Por último, comparemos la representación de época de ésta película con, por ejemplo, American Hustle. Lo que en la segunda aparece forzado, necesitando todo el tiempo golpes de efecto, la música o las sobreactuaciones, en Computer Chess pareciera ser más fluido. No sabría decir porqué. Quizás por lo intrínseco a los medios de producción de las películas, o de lo extremadamente pedagógico de la película de O’Russell. No sé. Lo que sí sé es que uno no puede menos que sonreír ante esos personajes tan distantes a nosotros que se acercan gracias a los méritos de una buena película.

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