la paz: un cine luminoso

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Es una experiencia extraña mirar una película en un cine vacío, y así fue como vi La paz de Santiago Loza. Quizás todo su cine sea para ser visto de esa manera.

A Loza evidentemente no le interesa la narrativa tradicional. Más bien se siente atraído por la mirada del Liso con la esperanza de vislumbrar algo de su pensamiento, de su proceso mental que pareciera tan ajeno a nosotros. Algo podemos entender: su interés por el mundo de su empleada doméstica, el placer de su moto, sus permanentes ganas de estar con mujeres y no mucho más. No le interesan ni las pinturas de su madre ni el aprendizaje de ofrecida por su padre. Porque son ellos los que le preguntan qué es lo que quiere hacer: los que más lo quieren son los que más presión ejercen sobre él.

Y  negando la posible evolución psicológica del personaje, hay una constante postergación que también responde a la negación de una sucesión de hechos ordenados a la manera clásica. Sabemos que la película se trata sobre el viaje a La Paz, Bolivia, pero sin embargo los capítulos se suceden con vagas referencias apenas al país originario de su empleada doméstica. Loza se interesa por el viaje interior más que por el geográfico: son más importantes los travellings en la moto con su abuela que cualquier otro desplazamiento.

No es casual que su padre sea el único personaje hombre aparte del protagonista. El mundo masculino para el Liso transcurre fuera de campo: lo único que podemos ver es la fábrica del viejo, por la que pasa sin inmutarse. Toda la serie de valores referidos a lo masculino son externos a él. Por eso busca contención en sus mujeres, en su sobreprotectora madre, en la concisa mucama o en su abuela. Y ellas hacen todo lo que pueden, pero es en vano: da la sensación de que no hay ayuda posible.

En el chiste de su literalidad, el Liso está todo el tiempo buscando la paz (en minúscula). Ese humor medio extraño está presente también en el último parlamento de la película, cuando la madre le dice que también podría ayudar en su país, en un pensamiento no del todo políticamente correcto. Y esto pareciera dar a entender la mirada de Loza. Me explico. La gran mayoría del cine argentino surge de la FUC o similares, en un contexto más bien cómodo económicamente: eso hace que un manto de condescendencia se sobreponga a la película en cuestión, como si todo lo que se pueda decir es producto del capricho de un niño rico. Loza, de manera inteligente, supera esta posible interpretación hablando de eso mismo: otra vez volvemos a la literalidad.

La paz cuenta la búsqueda de Liso (me lo vengo guardando hace tres párrafos: es igual a Cabandié) por lo cotidiano. De algo que sostenga sus idas y venidas, de algo que sea seguro en su inestabilidad. Algo que llene el vacío que surge cuando le preguntan qué es lo que lo motiva. Cuando pareciera que lo está logrando, los planos se vuelven más abiertos, más luminosos, bellos. Pero de tanto en tanto el Liso duda, recuerda, entra en crisis. Allí su rostro ocupa la totalidad del cuadro, su mirada se vuelve omnipresente y no hay contra-campo posible: todo se agota en él.

En su búsqueda un poco bressoniana, Santiago Loza hace su película (en el mejor sentido) más accesible. Apúrense a verla esta semana, así, a fuerza de público, se logra mantener más tiempo. Es una experiencia reflexiva y al mismo tiempo placentera, en un cine que de tan personal se vuelve universal.

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