los oscars y nebraska

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Todo en estos Oscars fue previsible. El problema no era que el evento se haya vuelto pseudo-progresista y que haya premiado a las películas hechas para lavar culpas sobre las historias de minorías. El problema está en la idea de buen cine que tiene la Academia desde siempre: uno edificante y aleccionador, sin matices. Supongo que todo en todos los Oscars es previsible. Tampoco nos escandalicemos: todos nos vamos a acordar de Di Caprio en The wolf of Wall Street, pero en dos años nadie va a hablar de Dallas Buyers Club. Podríamos incluso citar el clásico dato de que Hitchcock nunca ganó uno.

Hubo una tendencia: Gravity ganó todos los premios “técnicos”. No es poco. Toda su producción (FX, animación, etc.) ya es imposible distinguir de la fotografía. ¿Cuánto es imagen digital y cuánto es luz entrando por un lente? después de esta película mucho no importa. Pero eso es sólo la mitad de su valor porque está en función, como fondo, para que se desarrolle una historia humana y a la vez absurda. Me costó entender esto: toda la sobrecargada psicología de los personajes, en especial el de Sandra Bullock, que tanto ruido me hizo, es imposible que encuentre un lugar armónico en la película. Y en esa fricción está lo maravilloso. La sencillez y la aparente fluidez con la que se suceden los hechos no hace más que complejizar y agregar capas a la película, que sumado a lo grandioso del escenario, fluctúa entre la sobrecarga y el vacío. Celebro se reconozca el cuidado estético cuando éste no es vacío, pero es sólo la mitad del mérito.

No sólo es indignante (bah, indignante es Macri, no esto) la supuesta corrección política en la que se basa el Oscar a mejor película para 12 años de esclavitud, sino que también es inentendible el de Mejor guión adaptado. Porque el deus ex machina en el que sustenta el final (amparado por el verso de “inspirado en hechos reales) es bastante burdo. Sobre todo si el salvador, el humanista, es el mismísimo productor de la película, Brad Pitt. En esta no te bancamos.

Y la gran perdedora, The wolf of Wall Street es bastante diferente a la de McQueen. La película de Scorsese apuesta al exceso, a la desmesura y se lleva puestas varias certezas morales de la platea. No podría asegurar que sea una película alegre, pero sí es totalmente descontracturada, en las antípodas de la gravedad que exhudan todos los planos de 12 años de esclavitud. Todo el “aprendizaje” –si así se le puede llamar a la tesis de McQueen: la esclavitud es mala- a Scorsese no le interesa porque, más que buscar la linealidad, busca una película compleja, en red, que se expande en todas las direcciones. Mientras este tipo de películas se siga haciendo, no importa si no son premiadas por la academia. Es más, preocupémonos si las empiezan a reconocer. (Digresión: auguro otra película desaforada que va a perder en su categoría el año que viene, La gran aventura Lego)

Otra película que ganó nada –y era lógico que no lo hiciera- fue Nebraska. Con un bajo presupuesto para el estándar yanqui, Alexander Payne cuenta la contra-cara de lo que cuenta Scorsese. Mientras los brokers de Wall Street ganaban montones de guita aprovechando las (supuestas) virtudes del capitalismo financiero, en los pueblitos de los otros estados de Estados Unidos la gente se quedaba sin trabajo y detenida en el tiempo, detenida en la cerveza y los autos. El viejito protagonista, interpretado genialmente por Bruce Dern ya está medio gagá y cree, en una estafa que bien podría ser de Jordan Belfort, que ganó un millón de dólares. Y luego de convencer a su hijo, sale a la ruta a reclamar su premio.

Lo primero que resalta en el film es su afán paisajístico de Payne, con esos planos estáticos, geométricos y con profundidad de campo. Hay un cuidado estético (no confundir con esteticismo) que sustentado en el blanco y negro hace aún más sórdidos esos paisajes ya de por sí bastante inhóspitos. Y cuando aparecen los personajes, aparecen distantes, a lo lejos, medio encorvados, como llevando algo, sintiendo el peso de su pasado y sus anteriores generaciones. Llevando encima la historia de su país.

Mucho se habló del carácter misántropo de Nebraska. Ante la posible llegada del dinero todos, incluso dentro de la propia familia, se vuelven calculadores, queriendo sacar su propia tajada. Pero dentro del núcleo duro familiar, los cuatro son bastante intachables con respecto a su padre. No tengo opinión formada sobre esto y no podría decir mucho salvo que a pesar de eso la película se cuida siempre del golpe bajo, e incluso del bobo happy end. Como en los melodramas de Douglas Sirk, es una ilusión esa nueva camioneta del final.

El sub sub género de las road movies con una producción independiente había tenido muchos bodrios y una pequeña gran película: Little miss sunshine. La escena de su catártico final con baile incluido deja reminiscencias en Nebraska. La pasión por inútil (casi herzogiana) y el amor infantil por las causas perdidas casi como una cuestión política aparece en la escena del compresor de aire recuperado después de cuarenta años. En su hábil manejo de los espacios hay uno fundamental: el auto familiar. Primero vemos el orden clásico desfasado, con los padres atrás y los (ya no tan) niños adelante. Luego del episodio del compresor robado, el sistema cambia, la madre toma el volante y recién así siguen andando.

De American hustle no voy a hablar. Bueno, un poco sí. Su insipidez narrativa que pretende tener ecos de los ’70 no es nada nuevo, copia de una copia. Si ya esa generación era deudora del Hollywood clásico pero con el aporte de haber visto todo el cine moderno europeo en las escuelas de cine, resulta díficil reconocer las influencias externas de David O’ Russell. A fuerza de querer imprimirle sensualidad a sus actrices queda todo impostado, más allá de que la apuesta de la película sea la artificialidad, tanto de argumento como de ambientación de época como de puesta en escena. De Her ya dije todo lo que tenía que decir acáSus detractores dicen que es una película hablada más que filmada, que es una película con mensaje. Es verdad, pero en el sistema alegórico que propone no me parece desubicado, más bien un acierto. Dallas buyers club y Philomena no las vi: los que las vieron me dijeron que puedo vivir sin eso.

Conclusión en forma de tuit: mientras la película más premiada sea 12 años de esclavitud, la gran noticia de los Oscars van a ser boludeces como la selfie.

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