sobre scarlett johansson: lost in traslation, don jon y her

UNO. Todo empezó con el culo de una chica durmiendo, medio en posición fetal/cucharita, pero sin otra persona en la cama. Ella tenía una bombacha que transparentaba (y ahí entendí la diferencia entre eso y bikini, pero esa es otra discusión) en el límite de lo público y lo privado. Esa fue la entrada de Scarlett Johansson a mi registro cinéfilo personal.

En Lost in traslation, Scarlett jugaba a ser producto de la imaginación extraviada de Bill Murray (y viceversa). Porque en sus ya aisladas conciencias no pueden hacer otra cosa que inventarse un compañero frente a tal soledad, ante la hostilidad e indiferencia de su entorno. Poco importa cuánto hay de real en su relación: uno es la ficción del otro.

En realidad hacemos eso todo el tiempo, ¿no? el amor sólo puede existir en ese espacio que hay entre lo que creemos que es el otro y lo que el otro realmente es, si es que existe tal objetividad. No podemos pretender el conocimiento más que a través de simulacros, toda posible conexión sentimental real está hecho a tientas, a oscuras, provisoriamente. El amor, o cualquier otra relación, se juega entre lo que pretendemos y lo que están dispuestos a darnos. O entre lo que recibimos y lo que esperábamos. No hay una objetividad tangible ni una completa virtualidad: todas nuestras abstracciones -el amor, la justicia, la amistad- se sitúan en el medio.

Y es por eso que ellos se disfrazan y juegan a no entenderse con todo su hábitat hostil e indiferente: saben como es que funcionan sus expectativas (las propias y las ajenas). Pero hay algo que los va a exceder hacia el clímax, constituyendo el corazón de la película. La ¿melancolía? o toda esa sarta de sentimientos que vienen en bloque, indescifrables e imposibles de separarlos irrumpen, probablemente, por la habilidad de Sofia Coppola como DJ. Jesus and mary chain, My Bloody Valentine y Air son grandes bandas para armar un soundtrack personal para enamoramientos. Pero no nos confundamos: no sirven para armar esos lindos PowerPoints que son un gran vicio del cine industrial contemporáneo. Estas son canciones ásperas, rugosas, nada fáciles. Encontrar belleza entre los acoples, la distorsión y la superposición de guitarras -muy shoegazeras- representa un desafío que vale la pena intentar. En fin, estábamos hablando de Scarlett.

DOS. Si en Lost in traslation la relación con Bill Murray se colmaba de amor y excedía los límites del cálculo y la expectativa, en Don Jon, con Joseph Gordon Levitt más bien parecen abogados planificando sus propias coartadas en un posible juicio cruzado. Su noviazgo es pura conveniencia: ella sacía su hambre de historias románticas y él se la presenta a sus viejos que se están poniendo un poco pesados. Y cuando el cálculo costo-beneficio ya no cierra, cortan la relación, porque en su lógica no existe la posibilidad de hacer concesiones por algo tan lejano como el cariño.

Y así es como Scarlett Johansson se vuelve un par de tetas y un buen culo. No sabemos acerca de sus aspiraciones, su pasado, ¡ni siquiera de sus gustos sexuales! Se abstrae su condición física en función de la búsqueda del personaje/director de la película (como el segundo toma el punto de vista del primero, es imposible separarlos: no tiene nada que ver que sean la misma persona). En el desfasaje de la relación mente (sobredesarrollada en comparación al) cuerpo, la fantasía ya es mas importante que la realidad. A Jon ni le importa lo que de verdad está pasando porque el acto sexual -con Scarlett o con otra chica, que ninguna baja del ocho, en sus propias palabras- no se compara con la actividad psíquica que le causa el porno. Y ahora podríamos hablar del espectador y su prótesis simbólica, la postura emocional o cognosciva respecto a lo que pasa en la pantalla, lo que me haría recordar mucho a mis clases de semiótica. Pero la verdad es que Scarlett se vuelve intercambiable. La elección de su papel sólo se sustenta en la supuesta autoconsciencia: ella es, probablemente, la chica más linda del mundo, y de él podríamos decir lo mismo.

La corporeidad, entonces, en Don Jon es medio tramposa, casi vacía, muy capitalista, toda publicitaria. Todo el relato de la parafernalia del porno, la promesa de un mejor sexo no le permite al (ya a esta altura podemos decirlo) boludo de Joseph Gordon Levitt disfrutar del cuerpo de Scarlett. Sus tetas ya no valen por si mismas sino como un medio para llegar a otra cosa. Toda la experiencia real que podría ofrecer un cuerpo, con sus pliegues -no literalmente, je- y sus impurezas, cedió su lugar al relato (disculpen por usar una palabra tan habitual del antikirchnerismo bobo) del cuerpo.

TRES. Her todavía da un paso más; toda Scarlett desaparece aquí y sólo queda su voz: su cuerpo queda en el terreno en el que conviven todas las posibilidades. ¿para qué queremos los cuerpos si tenemos nuestra conciencia, que está notablemente más desarrollada? Spike Jonze no cree que seguirá existiendo la sensualidad, ese juego tensionante del deseo sobre lo desconocido, lo no-experimentado. Y por eso hace fracasar a Theodore en su primera posibilidad de acercamiento sexual: en ningún momento la chica con la que está teniendo la cita se relaja o piensa en la posibilidad del placer. Él tampoco podría hacerlo. La sobreprofesionalización y el excesivo afán de la especificación se llevo puesto cualquier posibilidad de salirse del plan sexual que parecen tener en esa ciudad distópica. Tener sexo por placer sería, entonces, revolucionario. La gente soluciona su calentura en la oscuridad, de manera casi vergonzosa, casi furtiva, con encuentros virtuales y sin imágenes para recordar (de eso también trata Her, que en su continua puesta en escena medio videoclipera pone en cuestión el sistema de imágenes con el que nos manejamos: así es cómo se filma la soledad, parece decirnos Jonze, de la misma manera que se filman las publicidades que moldearon nuestro inconsciente). Para esa otra cosa pasada de moda, el amor, habrá gente que se ocupe de escribir nuestras propias cartas para sacarnos de encima un momento engorroso e incómodo, una de las pocas huellas físicas que quedan de una relación en la modernidad.

La corporeidad, a esta altura, es imposible. Pensemos en esa ciudad, donde vive el protagonista, higiénica, antiséptica casi a la manera hospitalaria. Todos viven en su propio videoclip privado y nosotros, por deseo del narrador, sólo vemos el de Joaquin Phoenix. Pero ninguno se cruza con el otro, por una cuestión casi estructural: la mirada de todo el mundo está dirigida a su propia pantalla.

Y todo termina cuando Samantha desaparece, como todos los demás SO. Asi el protagonista ve que su vecina, la chica en la que nunca se habia fijado, puede llegar a ser una alternativa interesante. Es una decisión lógica, que cierra por todos lados. Pero lo más importante, totalmente cerebral: es así como se irán decidiendo los destinos de los amores en el futuro si algo tan imprevisible como el instinto corporal, algo todavia sin colonizar por el lenguaje, pierde lugar ante la estructura lógica casi mercantil del máximo rendimiento. Una lástima, si pensamos que en nuestro cuerpo acaba la organización de la ciudad y comienza nuestra propia libertad, casi como una responsabilidad.

 

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