#BAFICI 2: loca bohemia, cinco días con Adrián Iaies

A veces digo, medio en serio, medio en joda, que me siento más cercano de los que estudian biotecnología –y que son viejos amigos- que de algunos compañeros de la FUC. Definitivamente para meterse con algo tan intrincado como las ciencias naturales con todos los sacrificios que eso implica, hay que tener vocación, algo que no abunda en mi facultad, en la que indecisos y niños ricos se agolpan porque no tienen nada mejor para hacer y deambulan por las clases sin ver más de veinte películas por año. Por eso no importa el qué. Dos personas se sentirán hermanas si cuando hablan de algo les brillan los ojos y aceleran hasta el tartamudeo su ritmo de enunciación aunque hablen de cosas tan disímiles como el cine y las ciencias naturales.

Es verdad que esto se vuelve más interesante cuando dos personas comparten pasión y saben de lo que hablan. Loca Bohemia, cinco días con Adrián Iaiés, es un buen ejemplo de esto. Filipelli se mete en la casa del pianista de jazz (y tango) para charlar sobre música sin otro fin que el puro placer. Y lo que sucede en ese cuartito se expande a la sala de cine: hay una cercanía entre entrevistador y entrevistado que paradójicamente no forma una sociedad que excluye al espectador, sino todo lo contrario. Las fallas técnicas fácilmente se olvidan fácilmente o incluso ayudan a dar la sensación de intimidad en la que fluyen los encuentros.

Adrián Iaies es un pianista excepcional, y la película podría ser una hora y media de sus interpretaciones. Pero ellos se cuelgan comparando estilos de pianistas entre miradas cómplices o simplemente escuchando música desde You Tube. ¡Yo hago eso con mis amigos! Lo que hace de éste un documental notable es justamente la falta de escrúpulos en su organización. Y su registro documental tan valioso se genera en lógica del afecto -algo de eso también vi en Fulboy, la película de Martin Farina, de la cual ya hablaré-: el tipo podrá tener planeadas sus respuestas sobre cómo es su adaptación del tango tradicional al jazz, pero en su semblante hay algo que lo excede y es su pasión, que está presente en cada plano. En los planos y en la banda sonora porque el director, fuera de campo, también expresa los mismos sentimientos que, conpartidos, construyen una relación afectuosa que es el alma del film.

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