#BAFICI 9: final

Éste fue mi primer BAFICI como cinéfilo intenso -dentro de la intensidad que puedo esperar estudiando y trabajando-. En los anteriores, fui a ver, como mínimo desde 2009, una película, pero sin criterio de selección más que el horario y la disponibilidad, con resultados dispares. La experiencia de ver más de veinte películas en diez días es algo maravilloso que supongo que si constituyera una obligación sería insoportable: hay que hacerlo por el puro placer. Es una obviedad decir que la variedad hace que mi testimonio sea parcial, personal e incompleto, como el de cualquiera. 500 películas hacen que lo que decía Panozzo se haga verdad aunque sea por la mitad: “más películas para más gente” porque la elección del Village Recoleta es privativa tanto por sus precios cómo por su ubicación. Tampoco la ubicación de las demás salas ayuda a un acceso más o menos equitativo.

El BAFICI también fue, entre otras cosas, un evento social. Antes de que me linchen por el comentario, es grato cruzarse con gente a la que uno lee todo el año y que admira, sabiendo que están en la misma, compartiendo la pasión. Cruzarse con Prividera, Karstulovich, Roger Koza, Gustavo Castagna, charlar con O. Cuervo, con JP Martínez, con Martín Farina, con Celina Murga (¡sin saber que era ella!) o con mis amigos me ayudan a completar la experiencia fuera de la sala de cine. Geniales también las charlas organizadas, salvo la soporífera charla de la crítica: Battlle y Lerer diciendo lo de siempre, que no pueden hacer todo (aunque no intenten mucho) y Jotafrisco y Quintín poniéndole un poco de sal.

No pude ir a la retrospectiva de Rita Azevedo Gomes, me quedé con las ganas por lo bien que se habló de sus films, especialmente de Frágil como el mundo. Si pude ir a la de Uri Zohar, de la que hablé acá, y a medias seguí la de Filippelli más bien por lo bien que me caen los retratados más que por el retrato en sí. Más allá del tufo ochentoso del de Saer, es muy disfrutable. Del de Iaies hablé acá.

Hubo muchos y muy buenos documentales argentinos. Los mejores, Fulboy y Escuela de sordos, describen mundos que presumimos ajenos y cuya información sobre ellos son prejuicios, pero sus directores quieren a las personas que aparecen en la pantalla y eso los acerca a nosotros. Escuela de sordos tiene un procedimiento genial: los subtítulos que corresponden a las señales de los que interactúan se imprimen en la pantalla aunque éstos estén fuera de campo, como si sus voces estuvieran en off. De Fulboy hablé acá.

Las peores películas fueron estadounidenses: Upstream color, The wait y Escape from tomorrow. La primera vuela muy alto por momentos, pero su montaje resulta tan intrincado que se pierde el interés. Amén de su pésima musicalización que enfatiza todo el tiempo. The Wait  apela al sobresalto y al suspenso para que no se noten sus actuaciones afectadas y su gravedad impostada: parece una mala película de Lars Von Trier. Escape from tomorrow es más libre, menos pesada. La que más me gustó de las que menos me gustaron. Otra, Wrong Cops es una parodia al cine tarantinesco, que a su vez es una parodia, pero tiene sus momentos simpáticos.

De la competencia argentina la más subvalorada fue Historia del miedo. A veces se pone muy alegórica, al límite de arruinarse, pero el cuidado de la banda sonora, el juego con los géneros y su fragmentación la salvan. Tengo reparos hacia Reimon acá. El escarabajo de oro me resultó muy placentera, pero es verdad que falta timing para la comedia. Su reflexión sobre estado del arte es lúcida y la elección de L. N. Alem como personaje no puede ser sino una boutade. Carta a un padre es una película personal y sincera, sobre todo bella. Su plano final es emocionante y se asimila bien dentro del sistema propuesto por la película. Me quedé con ganas de Santiago Loza.

Hubo dos películas emocionantes y que me exceden completamente: Why dont you play in hell? y Fantasmas de la ruta. Una caótica y festiva (puesta en tensión con su violencia y su representación) y la otra opresiva y pesimista -o por lo menos dando cuenta de un estado de las cosas-. Campusano usa un registro completamente extraño y complejo para nuestro cine que me dejó pensando. Las actuaciones, la puesta en escena tan mediocre, los personajes (marginales dentro de la marginalidad) y muchos mas elementos configuran una película enorme, en su duración y sus temáticas.

Terminé el Bafici -en parte gracias a dos grandes películas de lo que dicen es el Nuevo Cine Cordobés: Tres D y El último verano– con la sensación de que el cine está más que nunca al alcance de la mano. Que hacer una película no es algo tan lejano como parecía y que algún festival siempre me a recibir. Que hay ideas y buenas películas por todos lados de las que uno siempre puede ser parte.

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