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Hay dos momentos buenísimos en El crítico, casi brillantes, que en su sorpresa y en el escape por la tangente de (¡ay!) la autoconciencia imperante, generan un giro dialéctico. El primero, en la presentación del personaje adolescente –al cual me costó tres planos reconocer si era hombre o mujer-, sucede cuando ella, colgada mirando la cámara de seguridad, le hace creer a Téllez que eso era un corto experimental taiwanés, a lo que acto seguido él cambia su posición y se pone los anteojos, como prestando la atención debida. Este plano frontal podría prestarse al juicio: ambos snobs (algo que se juega al límite en la película) y punto. Pero después pasa algo y cualquier preconcepto que uno haya podido armarse cambia completamente: quien parecía detentar el poder en la relación está siendo burlado y eso de alguna manera lo humaniza.

Y hay otra situación, más imprevista y más graciosa, en la que Téllez, en la tarde del día después de coger con Dolores Fonzi, se levanta de la cama sobresaltado y dice “uy, ahora viene el clip”. Y efectivamente, lo siguiente que vemos es el clásico mechadito de planos con música y sin diálogos que quieren decir, como un cartel al espectador, que esos personajes la están pasando bien conociéndose. Y él parece estar un poco incómodo, pero luego se suelta como aceptando la contradicción, abrazándola.

En el inconsciente del espectador ideal de El Crítico se está librando una batalla: película ingenua o película inteligente. Película sujeto o película objeto. Y es que, en realidad, si quitamos todas las capas de autoconsciencia de la cebolla, nos encontramos de que queda muy poco. Que no se me mal interprete, es una película clásica en el buen sentido: la diégesis nunca se ve alterada como tampoco cesa jamás la manipulación del espectador. Y por eso tengo la sensación de que le faltó dar un paso más. Ejemplo: la lluvia de la corrida final, esa lluvia artificial a la que nadie puede creerle, sería un gran gesto muy sutil sobre la condición arbitraria del cine todo. Pero no, se agota en un chiste canchero con Leonardo Sbaraglia.

Ahora abro un paréntesis: ¿nadie notó el parecido, al menos argumental, con Días de Vinilo? La corrida bajo la lluvia autoconsciente para ir a rescatar a la chica ingenua pero tierna, defensora a ultranza de las comedias románticas. Me pareció extraño que nadie la nombrara como referencia al menos.

La película, pareciera ser, que después de la reflexión, en el último tercio, se decide a narrar. Pero todas esas palabras del crítico sobre los clichés quedan en el vacío: no hay alternativa superadora. Sin embargo, no llega a ser estrictamente una parodiay se convierte en algo peor, porque no se usa el género para pervertirlo, si no todo lo contrario: disfrazada de crítica, se hace una celebración. Sería muchísimo más valiente animarse a seguir haciendo comedias románticas a la antigua que disfrazar esta previsible -palabras de su Téllez- película, de reflexión concienzuda sobre el género.

Y algo así sucede con su oficio: todo lo que podemos saber de sus críticas es que son bien hijas de puta, sobre intelectualizadas. Es por eso que Téllez no existe. Nadie vive así su espíritu crítico: acercarse al cine es más un juego que otra cosa. Todos los que leemos en los blogs, esos que nos acercan nuevas películas, o discutimos las que creíamos cerradas, mantenemos (o intentamos mantener) un espíritu lúdico y abierto. Esas charlas de café entre los cuatros críticos podrían ser interesantes, pero no las escuchamos, justamente porque ese es el camino más fácil para cortar la empatía. Y sin esa posibilidad los personajes, al menos esos, son carícaturas, algo de lo que el protagonista siempre está al borde.

Esta, al final, es una película bastante reaccionaria. Que el “cine arte” y que Godard -y tantos otros mejores, más humanos- estén a años luz del público es por culpa de estas películas, que siguen reproduciendo la superadísima dicotomía de cabeza/sentimientos. Que le deja a las comedias el mote de “arte menor” cuando todos sabemos que no es así, pero de esa manera, uniéndose con el “gusto” abstracto del público (cosa que no existe y está moldeado por las distribuidoras) contra lo pretencioso, logra lo que quiere: una conexión con el espectador. Pero el precio es demasiado alto.

 

 

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