el cine porno, Adéle, el boludo de Gordon-Levitt, la amistad y otras cosas más

(Los parciales, el Arsenal, que salió campeón, River, que está por salir campeón: todas esas cosas no me dejan escribir, así que aquí está una nota que iba a salir por Underama)

¿todos vimos este screener no?
¿todos vimos este screener no?

Cuando le conté a mis amigos de qué iba L’inconnu du lac, la maravillosa película de Alain Guiraudie,  surgía la misma pregunta que cuando se hablaba de los ya famosos no se cuántos minutos de sexo de La vied’Adéle: ¿eso no es porno?. Yo contestaba ¡qué importa!

Definamos cine pornográfico: cine con un propósito, cuyo objetivo está en que todo lo que se vea sea funcional a algo en particular. A calentarse. O al menos así lo considera Jon, el protagonista de Don Jon, la tercera película de la que hablaremos. El porno es perfecto, dice Joseph Gordon-Levitt (protagonista, escritor y director de la película), no hay cuerpo mejor que el que vemos en YouPorn. Él pretende una corporeidad medio tramposa, un cuerpo para el pensamiento, que, como sabemos, siempre lo imagina de la mejor manera posible. Un cuerpo que sea sólo eso. Es verdad, esa es una sexualidad egoísta porque en la realidad las cosas se ponen un poco más complicadas: las mujeres tienen preferencias, valores, olores y también integridad física. Tienen un montón de cosas que Jon (y el porno) prefieren evitar.

No lo digo como algo peyorativo: apunta a un sentimiento mucho más efímero incluso que al levante de una noche al que se acostumbró el personaje. La culpa ya no viene al levantarse a la mañana siguiente sino ya en el mismo momento de cerrar la computadora. Es, por lo tanto, bastante efectivo. Lo que le molesta al boludo de Jon es que las mujeres piensen o hagan cosas por sí mismas. Que sean personas, bah. Por eso sus culpas las lava también de manera superficial, haciendo un dos por uno: reza mientras hace pesas.

El porno tiene una contradicción interna. En él conviven la más completa artificialidad -una sarta de convenciones impresionante- con el principio más básico de la fotografía (en este caso, cine). Los decorados, las actuaciones, las situaciones, el “guión” no pueden sino ser casi autoparódicos. La situación sexual viene desde un lugar inverosímil, que no tiene nada que ver con la realidad y que deforma la visión que tenemos de ella. Pero sin embargo, lo que vemos está pasando realmente. Es decir, por eso es efectivo el cine pornográfico: use el disfraz que use la chica en cuestión, esa pija la está chupando.

Y eso tiene que ver con lo que André Bazin (quizás el crítico de cine más influyente de todos y el padre de la nouvelle vague) llamaba la ontología de la imagen cinematográfica. Debido a las características inherentes a la fotografía, nosotros tendemos a creer ese momento detenido en el tiempo –fijo o móvil- es o ha sido real. La imagen fotográfica es objetiva (aunque cada vez menos) entonces no hay dudas respecto a lo representado: existió.Y eso luego tiene un montón de derivaciones mucho más interesantes que exceden incluso al propio Bazin.

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Y en el porno, entonces, sucede lo mismo que en esa primera proyección de 1895: los espectadores, de tan inmersos en lo que sucede en la fantasmal pantalla, se creen que están allí. Y es esa experiencia la que se sobrepone a las distintas convenciones. Pero como ya sabemos, al final, es todo representación. Y eso nunca puede ser inocente, sobre todo en los puntos vitales como el dinero, la muerte, las drogas, la familia y, last but not least, el sexo. Por eso, ¿cómo eludir las convenciones del porno?

En La vida de Adéle hay una inmersión que sucede a fuerza de duración, de un montaje invisible, de la ausencia de música. Y, producto de otro realismo formal, El desconocido del lago tambien apela a una experencia pero un poco más contraída. De todas maneras en ambas las películas no hubieran sido sinceras consigo mismas y con su su sistema de representación propuesto si hubiesen omitido sus abundantes escenas de sexo, o mostrándola de manera vergonzosa, como (casi) todas las películas industriales estadounidenses. El sexo, como consecuencia lógica, como un aspecto más de la vida: ciertos rasgos de los personajes se definen en esos momentos. Adéle no siente lo mismo cuando coge con un hombre que con una mujer. Imagínense lo horrible que hubiese sido el diálogo explicativo con alguna amiga X tratando de contar(nos) lo que no pudimos ver. Un aspecto esencial y sensorial de sus vidas se nos hubiese escapado. Y no hablo desde un afán pajero-voyeurista que, como el que decían que tenía el director, Abdellatif Kechiche. Que tenía una visión machista e incomprensiva. No están puestas al azar estas escenas, dispuestas casi de manera simétrica, con la mayor en la mitad de la película.

Nótese que ya ni siquiera hablamos de películas queers o de militancia homosexual. Lo son, pero sin necesidad de que esa característica agote a los personajes, que se enorgullezcan o que lo lleven como bandera. Simplemente sucede y los vemos ahí, tratando de ver que hacen con ese aspecto constitutivo de su persona.

En Don Jon hay una condena a la paja bastante moralista. Julianne Moore, la veterana, tanto sexual como sentimental, le enseña a Gordon-Levitt a “hacer el amor” y que coger es de pendejos. Y así se pierde uno de los grandes méritos de la película: su costumbrismo de la paja queda anulado moralmente. El sexo es algo bastante más complejo como para que vengan y digan que de este lado está lo bueno y del otro lo malo.

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Entre los grises de la vida se ubican estas dos películas francesas del año pasado. Más cerca de “hacer el amor” están  Adele y Emma porque en el sexo se encuentran, se enseñan, se complementan y se entregan. En otro registro, un poco más distante, más formalista, está El desconocido del lago, cuyos personajes quieren coger sin compromiso como partr de un break de la rutina. El principal mérito de Guiraudie es poder contar una historia que oscila entre el sexo a secas y el sentimiento más puro de amistad con los matices que se requieren. Con libertad para describir esos espacios y con justeza y oficio para inscribir a los personajes en ellos. Genera en esa playa un circuito cerrado, con sus propias reglas implícitas.

Lo que en Don Jon está hablado y subrayado, en La vida de Adéle y El desconocido del lago ¡lo vemos! Y esa es, definitivamente, la gracia de ir al cine. Si en la de Gordon-Levitt vemos el mundo dividido en dos (Scarlett de un lado, Julianne Moore del otro), en las otras dos las cosas son más complejas, problematizadas, películas que necesitan que pensemos en ellas. Que muestran cosas que conocemos (con menos frecuencia de lo que nos gustaría) pero de nuevas maneras que no imaginábamos. Por eso hay que celebrar que se filmen -y que se estrenen- películas con menos tapujos, más descontracturadas, menos educativas. Que no eludan al porno ni lo juzguen, sino que lo tomen y lo reelaboren. Películas desprejuiciadas, que puedan experimentar. Películas, al final, en las que haya belleza (sino fíjense en Adele Exarchopoulos), pero también nuevas maneras de acercarse a ella.

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2 Comments

  1. Creo que estas películas no son porno porque las escenas de sexo están integradas a la experiencia de sus personajes y no al revés: en le porno lo único que importa es llegar cuanto antes a la erección, la chupada de pija, la penetración. Lo otro es una especie de trámite. Y con esto no condeno al porno, encuentro que como vos decís tiene un momento realista que responde a la singularidad misma del cine: lo atractivo es filmar algo que no se pueda actuar sino que simplemente ocurra.
    Pero en Adele y L’inconnu esos momentos de sexo forman parte de tramas donde hay bastante más que eso. El mérito de estas películas es no haber cortado eso, porque sería mutilar la experiencia del personaje o el acompañamiento que hacemos de ellos. Lo artificioso sería que los directores opten por cortar el momento de cojer, como esas películas que evitan cuidadosamente mostrar los cuerpos desnudos y le ponen un objeto entre el cuerpo y la cámara. Ese recurso es el colmo de la torpeza (a menos que fuera una parodia). Lo mismo pasaría si en L’inconnu los personajes van al lago de levante, su principal interés es garchar y llegado el momento un encuadre de cámara mostrara a un personaje en plano pecho mientras el otro, fuera de cuadro, se supone que se la está chupando. ESo haría venir abajo toda la película: ¿qué razón habría, más que la pacartería o la cobardía, para que la cámara no mostrara los que los personajes hacen con bastante naturalidad?
    Hay, sin embargo, en Adele, un par de planos que quiebran con la lógica de la puesta y delatan un interés meramente voyeurista. la película está filmada en planos muy cercanos, de manera que podemos ver los poros de la piel de las chicas, el movimiento de la nariz al respirar y cosas así. Además, trabaja con cámara en mano y un foco siempre crítico, lo que dan una sensación de intensidad muy grande en el contacto de las pieles. Pero a Kechiche se le escapa la tortuga durante un par de planos, en los que cede a la tentación de alejarse y mostrar a los dos cuerpos enteros, entrelazados en una posición llamativamente estática, que se parece más a un punto de vista de revista pornosoft. El quiebre es notorio y podría marcar el momento exacto donde se produce. Ese plano entero, estático e iluminado a giorno, aunque dure solo unos segundos, desbarata la lógica de la mirada que organiza el resto de la película. Digamos que justo ahí Kechiche muestra una impostura. Algo a lo que Guiraudie no cede jamás. Si algo destaca a L’inconnu como un film excepcional es el encontrar para cada plano una distancia y una duración, sin énfasis ni elisiones tramposas. Nunca hay un plano que traicione la mirada que organiza la película. Cuando hay oscuridad, no está para evitar mostrar algo, sino porque la oscuridad es la materia misma de la experiencia que los personajes viven. Y tampoco hay elipsis que se expliquen solo porque el director no se anima a mostrar algo. Lo que no se muestra en L’inconnu es porque es invisible.
    Por eso para mí Adele es interesante y en cambio L’inconnu es magistral.

    1. Estoy de acuerdo con lo que decís, por eso más allá de cuestiones estilísticas, ambas películas se acercan a la realidad como yo pocas veces pude ver (pero esa es juventú mía), al menos en cuanto a la sexual. Con respecto a la escapada de tortuga de Kechiche: no me pude dar cuenta. Probablemente fue la “potencia” -por decirlo de alguna manera- de las imágenes. De todas maneras, estas escenas no se parecen al porno soft por una cuestión elemental respecto a los personajes, que están (bien) caracterizados de antemano. Hay voyeurismo, es verdad, pero no hay condescendencia: eso sí podría arruinar la película.
      PD: hoy, si no me duermo, no me pierdo el programa de David Lynch!

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