historia del miedo, parte II

(por motivo del estreno comercial de la película, amplío lo que dije y respondo a las críticas que se le hicieron)

Esta noticia es del mismo día del estreno de la película.
Esta noticia es del mismo día del estreno de la película.

“¡Se les dijo mil veces que no abandonaran la garita de seguridad!” dice un personaje de Historia del Miedo cuando se empieza a pudrir todo. “Se les dijo”, dice, como queriendo despersonalizarse, como queriendo evadir el hacerse cargo de sus dichos y así escudarse en una supuesta orden colectiva. Así hablan los jefes, el poder, ocultando su dominación. Así actúan los personajes de esta película, miedosos e irresponsables, reprimidos y prejuiciosos. Salvo, pareciera, los niños que todavía no fueron alcanzados por ese sistema de costumbres. Pero hay signos de que sólo es cuestión de tiempo.

Se dijo en varias críticas que la película peca de preciosista, que su cuidado estético impide que explote de una vez, que el director no se la termina de jugar. ¡Esa es la gracia! No valía hacer un film pobrista/costumbrista porque su horizonte es, si se quiere, una abstracción. A través de fragmentos, propios de una percepción demasiado afectada que no puede nunca alcanzar ni un sesgo de lo real, Naishtat indaga sobre las formas del miedo. Y ese narrador que organiza las historias es fruto, testigo y víctima de la paranoia generalizada que se retroalimenta entre el relato y los hechos. Quiero decir, nunca hay hechos de violencia propiamente dichos (excesos verbales, broncas reprimidas, cosas que no pasan a mayores), sino sólo sus representaciones: esas imágenes que mira el adolescente -y que el director admite que fueron intrínsecas al nacimiento del film-.

La lógica de Historia del miedo es la de lo inminente y lo latente. La linealidad en la narración deja paso al diálogo entre historias, a la pregunta y la respuesta entre las tramas. Y esto funciona a nivel de la escena y al nivel de toda la película, porque lo narrado en cada escena es más bien difuso, cotidiano, pero hay algo que está a punto de romperlo, algo que modifica toda la estructura –familiar, laboral, etc-, pero que al final no sucede. Toda la película avanza inexorablemente hacia un final en el que pareciera ser que todo lo reprimido por los personajes va a aflorar.

También se dijo que no hay una mirada parcial: los únicos violentos sin motivo son los pobres. No estoy seguro. Quizás, sí, haya una mirada contradictoria. No me preocupa mucho, más para pensar.

Es un tema jodido, sí, es un tema amplio. En ese sentido, prefiero un film que tenga más preguntas que certezas. ¡Qué sé yo lo que es el miedo! Y si el cine puede mostrar algo de su esencia es justamente cuando renuncia a lo verbal: un movimiento de cámara, un ralentí, un plano secuencia (el inicial) que a partir de la distancia dé un mejor panorama de la situación. Es justamente eso lo que le pedimos a las películas, cuando decimos que ellas son más inteligentes que nosotros. Pedimos apertura, elipsis inquietantes, ambientes difusos.

El miedo –que es el que parece regir todas las relaciones en esta película- es generado, aquí, por la diferencia de clase. En las situaciones que rompen con la tranquilidad del que lo tiene todo, surgen conductas inesperadas: la excepcionalidad es lo que genera una especie de estado de naturaleza en los personajes, como queriendo evitar el conflicto a cualquier precio. O otras veces, los más cagones, se quedan inmóviles, sin poder hacer nada. Y lo que le interesa a Naishtat es qué es lo que pasa después, cuando el peligro se esfuma y los personajes quedan en off side.

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