The Wind Rises y la certeza de que Hayao Miyazaki es un capo

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¡Ve, pensamiento, con alas doradas / pósate en las praderas y en las cimas /donde exhala su suave fragancia / el dulce aire de la tierra natal!

Temistocle Solera, Va, Pensiero

Empiezo con una afirmación grandilocuente que no tiene que ver con el espíritu bastante humilde, casi tímido, de The wind rises, la última película de Miyazaki: una tradición del cine está todavía filmando la salida de los obreros de la fábrica de los Lumiére. Y esa relación del cine con el trabajo es por muchos motivos, conflictiva, y por lo tanto, fructífera. Por muchos motivos: económicos, sociales y de producción. Para hacer cine se necesita capital y trabajo, algo necesario para cualquier fábrica. Es difícil la representación del trabajo: acá elijo unas películas sobre eso.

Esta es la historia de Jiro, un ingeniero aeronáutico que de alguna manera cambió la historia bélica de su país, Japón. Miyazaki toma trozos de su vida, instantes privilegiados, para narrarla. Es una extraña manera de relato, no del todo orgánica: como la vida, bah.

No por nada esta película, dicen, despertó polémicas en su país y en países aledaños. Que ensalzaba el espíritu imperialista de Japón, que aparecen meretrices, ¡que fuman! Cuando ese realmente es el mérito de la película, que termina siendo más realista que muchas otras que tienen actores de verdad. Ese es el problema cuando un director arriesga y muestra algo con sus matices y contradicciones, eso parece molestarles: no hay conclusión aquí.

Un aire aristocrático sobrevuela toda la película. Todo parece indicar que las familias de Jiro y de Naoko pertenecen a la clase alta de Japón y que por eso tienen la oportunidad de estudiar. Entonces su posición no es sólo un privilegio: es una responsabilidad. Y eso es algo importante en la identidad japonesa, pareciera ser, algo que se repite en varios comentarios melancólicos de los personajes sobre el atraso de su país (algo que no pasaba con la burguesía de Argentina).

Esta es una película de animación bastante atípica. Generalmente, por su identificación con lo infantil, privilegiaba la acción por sobre otra cosa. Pero The wind rises se caracteriza por sus movimientos de cámara elegantes y la preponderancia de primeros planos. Todo lo onírico ya no es más propiedad privada de la animación, luego de la supuesta revolución de Avatar y el CGI y el 3D y esas cosas. Pero la sensación que da es que gracias a una delgada, muy delicada –a punto de romperse- unión de escenas, la película funciona. Porque si todas escenas en las que los aviones se meten en la cabeza de Jiro, y por lo tanto en el estudio donde está trabajando, fuesen un aditamento a la imagen real las uniones, la organicidad extraña de la que hablaba se perdería.

E incluso todos esos momentos de contemplación, los más bellos de la película, tienen su encanto desde la animación. En especial los movimientos producidos por el viento, que despeinan, desarreglan las ropas, hacen bailar el humo que producen los aviones. Porque nunca hay que dejar de estar en esa búsqueda, más allá de lo que se pueda decir de un país, de la relación con otros, de las identidades, no hay que perder de vista la belleza, que está en todos lados.

Por eso Jiro, antes que nada, quería hacer aviones bellos (no como los alemanes). Pero la sombra de la guerra, así como la del terremoto, está todo el tiempo sobre ellos. Quizás él sobreactúa su ingenuidad, o se entrega al fatídico destino de que sus inventos sean para la guerra. O como dice el italiano: “La aviación está afectada por la maldición. Nuestro sueño será devorado por el cielo”. La ambición del hombre para medirse con las fuerzas de la naturaleza también uno de los grandes temas que atraviesa la película porque eso determina el poderío tecnológico de un país y es ese el trabajo de Jiro. Y no hay nada de terrible en eso: de The wind rises aprendí que se puede, con amor, alegría y belleza, buscar un progreso más humano que cambie cualitativamente (como el cine también puede hacerlo) la vida de las personas*. Sobre todo desde un lugar que no es el de protagonista: Jiro no puede volarlos, por eso los hace. Y que, básicamente, para lograrlo hay que, parafraseando a Iorio, laburar.

 

*Por eso hay que frenar la Mascheranización del fútbol argentino. Es un juego, hay que disfrutarlo. Propongo a Rojo o a Di Maria, que son más alegres afuera y adentro de la cancha. Ojo, no nos pasemos del lado del cancherismo de Lavezzi.

 

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