7 cajas

Captura de pantalla 2014-08-16 02.43.07

Se puede hablar mucho sobre la abyección, sobre lo que dijo Daney que dijo Rivette sobre el travelling de Kapó. Incluso se pueden citar películas que todos conocemos como Ciudade de Deus o Slumdog Millionare, que son similares a la peli que nos convoca, 7 Cajas, ya que ambos se sitúan desde una misma perspectiva respecto a los ambientes que describen y los argumentos que tratan. Se puede también rechazar de plano una película que agarre a gente pobre, hablemos claro, que vive y trabaja en hacinamiento, y la muestre de una manera más sistematizada, más perteneciente a la representación más clásica (que Adorno define así: “Quien aún hoy se sumergiera en el mundo de los objetos y produjera un efecto a partir de la abundancia y la plasticidad de lo contemplado con humilde aceptación, se vería forzado al gesto de la imitación artesanal. Se haría culpable de la mentira que consiste en entregarse al mundo con un amor que presupone que el mundo tiene sentido, y acabaría por incurrir en el insoportable kitsch del arte folclórico”). Esto era un problema, ya lo decía Glauber, porque si seguimos representado pobreza pero sin la fuerza suficiente para que deje de ser un simple paisaje, todos los foráneos que vean tales películas van a purgar sus culpas de una manera fácil, rápida y cómoda: sin un cambio en la forma cinematográfica, exponer esas situaciones no dejaba de ser conservador.

7 Cajas parecía que tenía todos esos problemas, y con esos prejuicios me acerqué. La módica popularidad que había tenido en la única sala en que era exhibida y la conocida culpa de la progresía porteña me hacían esperar lo peor. Y la película varias veces transita por la cornisa de la culpa y de la abyección, pero se sobrepone con gran inteligencia. Hay pequeñas bombas de tiempo que podrían explotar con música sensiblera y golpe bajo: la mujer embarazada, las historias de amor, la motivación del antagonista. Pero la vocación épica (y un poco pirotécnica) de la película lo hacen imposible e imponen música épica por sobre el violín gay, las explosiones de verdad por sobre el lloriqueo. Porque hay que saber narrar sin culpa, y no hay que tener lástima de los propios personajes: aunque el malo tenga a su hijo enfermo (alerta de spoiler) si hace las cosas mal, se tiene que morir igual.

Con la certeza de que no puede ser abyecta porque narra desde las entrañas del mercado, la dupla de directores se permite pasear la cámara por todos lados, moverla frenéticamente, hacer planos cenitales, y toda una parafernalia publicitaria videoclipera que se auto-asume con alegría. Y es que esa es, al final, la educación audiovisual de nuestro protagonista Victor (cuyo rostro tiene varía inevitablemente entre la incredulidad y agitación).

La compleja estructura del film, que se asemeja a la del juego del teléfono descompuesto, en el cual el mensaje se va a deformando a medida que va pasando de boca en boca, hace que nuestros personajes sólo sepan una porción de la situación general que los engloba a todos. Y con maestría se manejan los puntos de vista, el montaje paralelo, el recurso tan gastado del McGuffin, y todo lo que ayude a generar efectos –en el buen sentido- en el espectador. A veces en esa búsqueda tan arriesgada se llevan puesto el verosímil o se verbaliza de más, pero esa tosquedad me da confianza en lo visceral del relato: esta película no pasó por Talent Campus, Labs, o ese tipo de cosas.

Si ahondamos un poco más, 7 Cajas termina siendo una película sobre las imágenes: la imaginería que se crea a partir de ellas. Victor inicia su travesía para poder filmarse con el nuevo celular (recordemos que estamos en 2005), pero sus condiciones sociales se lo impiden: la historia, entonces, es la búsqueda de su propia imagen. El problema (y lo genial de la película) es que todas las peripecias terminan devolviéndole algo mucho más oscuro, sórdido, algo que no se puede esconder detrás de cierta alegría de la narrativa clásica y que es, como lo terminamos viendo en todos los televisores, grabado en el celular que tanto quiso Victor, la violencia.

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