aproximaciones a Mauro

11_May_2014_17_37_02_MMM

No podría decir que Mauro es una película de los noventa o que es el cine más actual (o vital) que se puede encontrar. El propio Roselli dice que la película está ambientada en los años pos 2001 y que no es estrictamente contemporánea. Me gustaría desligarme todas esas opiniones encontradas (incluso la del propio autor) para decir que esta película no podría haber sido estrenada ni un año antes ni un año después –lo que no necesariamente constituye un mérito-, pero que es el producto de un ánimo que se viene gestando hace tiempo. El desencanto que atraviesa la película desde las actuaciones (típicas del realismo del NCA), desde lo formal (la fijeza de los planos que de alguna manera se resigna a no poder llegar a algún rasgo de belleza) y todo lo simbólico que aparece –deslucido- no son sino propios de esta época. Mauro, obviamente, está atravesado por cuestiones políticas, por la coyuntura, por la realpolitik, etc.

Los que fuimos o estamos dejando de ser kirchneristas nos dimos cuenta lentamente que en Argentina pueden convivir inclusión y desigualdad y que las cosas son más difíciles y complejas de lo que imaginábamos en un principio: si en el 2009 la politización y el análisis de los medios eran la panacea, ahora me estoy empezando a aburrir. Y entonces la euforia le deja su lugar a la apatía, sentimiento que rige la puesta en escena de Mauro. Es apática porque lo estático de sus planos y su duración no deja que, en la duración, surja lo intenso, lo patético.

El verdadero avance, lo que hubiese significado la victoria del kirchnerismo, por lo tanto del país (y por lo tanto la no-existencia de esta película) hubiera sido que las condiciones de vida de las clases bajas hubiesen cambiado de manera tangible y sostenible. Es decir, que estas personas que aparecen en la película, no totalmente marginales, tengan acceso a la versión original y no a su falsificación. Un capitalismo de segunda mano. Y para eso, no sé que hubiese sido necesario políticamente, no sé si fue por la demagogia populista o ese tipo de cosas que denuncian los lectores de La Nación. El fracaso que retrata Mauro es el de la gente que necesita pasar billetes falsos a los puesteros de ropa trucha, hecha en galpones, para comprarse una Isenbeck, un poco de merca para acallar ciertas voces interiores e ir a escuchar reguetón. Y luego de algunos inconvenientes, convencerse de que al final es mejor, y que da más ganancia, falsificar dólares. Como ya se dijo, ésta es una película ascética, elíptica, apática. Incluso, más allá de que sus personajes sean simpáticos y humanos (quiero decir que sus vidas parecerían proseguir más allá de los momentos filmados), no les deja muchas posibilidades de escapar por arriba al laberinto en el que se encuentran. Más allá de las imágenes en Super 8 -sumado a la poesía que está en off- que dejan entrever el mundo interior de Mauro (el personaje) y que complejizan su figura, siguen pudiéndose encontrar simbolismos y estereotipos que dejan leer al film en otra clave, más alegórica que costumbrista. Y a esto último, al costumbrismo, es a lo que Roselli siempre le escapa: la cámara llega con la acción empezada y se va antes de que termine la misma. Estas viñetas no permiten ningún tipo de evolución dramática o de sus personajes. Así se construye un realismo extraño, esquivo, sobre el cual sigo pensando.

 

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