relatos salvajes

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Ahora que soy grande
me habré dado cuenta
que no todo es tan bueno
Vigilante medio argentino, Andrés Calamaro

(Aviso: hay spoilers por todos lados)

Primero aclaremos que los dichos de Szifrón en lo de Mirtha Legrand y las posteriores aclaraciones y correcciones no deberían influir mucho cuando hablemos de su película, porque no necesariamente su discurso revolucionario (más bien propio de un sentido común indiscutible, nada muy extraño, socialismo light) se traslada directamente a Relatos salvajes. No es lo mismo filmar la revolución que filmar de manera revolucionaria: hay un abismo de diferencia (suponiendo que esa sea la búsqueda del director). Así como no es lo mismo filmar la misantropía que filmar de manera misántropa –que es lo que sucede acá-.

El primer corto, que funciona como prólogo y cuya resolución se festejó con aplausos en Cannes, es lo que todos esperábamos de Szifrón. Se intuye en el tono de la narración una suspensión del verosímil, una constante en toda su producción cinematográfica/televisiva. Esa era la gracia de Los simuladores. La ficción tuvo un poder curativo frente a esa realidad del 2001: el idealismo de sus personajes que mediante simulacros -puesta en escena- pretendían cambiar cualitativamente la vida de las personas, desdibujando de una manera bastante naif las barreras entre la fantasía y lo que entendemos por realidad. Y todo eso atravesado por una problemática: ¿cómo narrar historias de aventuras en Argentina, en el siglo XXI? ¿cómo no ser ingenuo (o ser ingenuo de manera consciente)?

Si bien son seis relatos diferentes, sin ninguna conexión aparente en cuanto a personajes, tiempo o espacio, en todos hay un estado de ánimo similar, que proviene de una situación en común. Los personajes, más o menos pertenecientes a los mismos estratos sociales, se tienen que enfrentar a un problema que los excede. En el medio, todos los grandes temas importantes: la justicia, el dinero, la fidelidad, los lazos familiares o amorosos. Todas esas cosas y más entran en esta gran bolsa de gatos que es Relatos salvajes. Porque Szifrón esta vez no anda con chiquitas: viene por todo y pretende abarcar, con sus historias, ¿la Argentina? ¿la lucha de clases? ¿el capitalismo? No está muy claro, y eso es bastante molesto. Para agarrar la mayor cantidad de variables sociales posible, los personajes terminan siendo estos personajes, bastante arquetípicos todos (el mayor ejemplo, Darín, “el ciudadano de a pie”) que no permiten que la narración tome vuelo: el trazo grueso es constante. ¿Qué surge de la combinación trazo grueso/personajes estereotipados? Chistecitos, guiños a la platea, diálogos televisivos, comentarios que pasan como simpáticos pero que esconden profundos prejuicios -el jardinero que pide una casita en Mar de Ajó-. A veces siento que la revolución, si es que eso existe (no creo), es ser sutil.

Hay que admitir que Szifrón sabe filmar y que a veces tiene buen gusto aunque, en la mayoría de las decisiones, prime el efectismo. La historia final, la del casamiento, es la mejor filmada y la mejor orquestada en cuanto a guión (la de Oscar Martinez y el odioso pendejo asesino es la segunda). Al final, cuando la fiesta ya estaba arruinada, la pareja de recién casados, después de tanta pelea, empieza a apretar enfrente de todos. Al principio, el sentimiento generalizado es el de ternura: el amor ha ganado al fin, de una manera inverosímil y naif (lo que me gustaba de Szifrón). Pero después la cosa se pone un poco más perversa y empiezan a coger arriba de la torta, volviendo la escena un poco más desagradable. Al final, termina siendo una escena cínica, consecuente a toda la película, una escena en la que nada importa mucho, porque todo se fue al carajo: en vez de buscar una solución o algo de donde agarrarse, Relatos salvajes contribuye a la confusión generalizada.

En varios momentos escuché suspiros en la sala, como si se estuviese dando un momento de revelación conjunta. Muchos habrán tenido módicas epifanías ante lo injusto del sistema de acarreamiento de autos de la Ciudad de Buenos Aires. Se habrán sentido carmelitas descalzas y habrán depositado todas sus culpas y frustaciones, como el protagonista del corto, en la sociedad – algo así como un ente abstracto-, habrán sonreído para sus adentros y un sentimiento de tranquilidad consigo mismo habrá surgido. El corto de Darín es el centro neurálgico de la película: el actor estrella, el mayor despliegue visual y el centro ideológico. El héroe de la clase media cacerolera, a fuerza de indignación y un poco de ingenio, pretende hacer una revolución apolítica -y esto es lo peor- sólo porque le tocaron sus propios intereses.

Así, todos los cortos siguen reproduciendo el mismo imaginario porteño pero exacerbado, en función de estas situaciones límite de las que ya hablamos. Es una lástima, ya que estas situaciones de crisis podrían ayudar a replantear todas las imágenes que se tienen sobre El Otro. En cambio, la narración, al palo todo el tiempo, se pasa exagerando sus personajes: el abogado hijo de puta, el negro resentido que, como tiene un peor auto, puede cagarle el Audi al cheto, que es todavía más hijo de puta. Szifrón, queriendo ser intenso, cuenta historias en las cual es casi imposible quererse, cuyo zeitgeist es el “salvese quien pueda”: no quiero vivir en el mundo que postula (y se siente cómoda) Relatos Salvajes.

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2 pensamientos en “relatos salvajes

  1. LaBrokenFace.com/Relatos salvajes: Violentáme y decíme política

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