7 cajas

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Se puede hablar mucho sobre la abyección, sobre lo que dijo Daney que dijo Rivette sobre el travelling de Kapó. Incluso se pueden citar películas que todos conocemos como Ciudade de Deus o Slumdog Millionare, que son similares a la peli que nos convoca, 7 Cajas, ya que ambos se sitúan desde una misma perspectiva respecto a los ambientes que describen y los argumentos que tratan. Se puede también rechazar de plano una película que agarre a gente pobre, hablemos claro, que vive y trabaja en hacinamiento, y la muestre de una manera más sistematizada, más perteneciente a la representación más clásica (que Adorno define así: “Quien aún hoy se sumergiera en el mundo de los objetos y produjera un efecto a partir de la abundancia y la plasticidad de lo contemplado con humilde aceptación, se vería forzado al gesto de la imitación artesanal. Se haría culpable de la mentira que consiste en entregarse al mundo con un amor que presupone que el mundo tiene sentido, y acabaría por incurrir en el insoportable kitsch del arte folclórico”). Esto era un problema, ya lo decía Glauber, porque si seguimos representado pobreza pero sin la fuerza suficiente para que deje de ser un simple paisaje, todos los foráneos que vean tales películas van a purgar sus culpas de una manera fácil, rápida y cómoda: sin un cambio en la forma cinematográfica, exponer esas situaciones no dejaba de ser conservador.

7 Cajas parecía que tenía todos esos problemas, y con esos prejuicios me acerqué. La módica popularidad que había tenido en la única sala en que era exhibida y la conocida culpa de la progresía porteña me hacían esperar lo peor. Y la película varias veces transita por la cornisa de la culpa y de la abyección, pero se sobrepone con gran inteligencia. Hay pequeñas bombas de tiempo que podrían explotar con música sensiblera y golpe bajo: la mujer embarazada, las historias de amor, la motivación del antagonista. Pero la vocación épica (y un poco pirotécnica) de la película lo hacen imposible e imponen música épica por sobre el violín gay, las explosiones de verdad por sobre el lloriqueo. Porque hay que saber narrar sin culpa, y no hay que tener lástima de los propios personajes: aunque el malo tenga a su hijo enfermo (alerta de spoiler) si hace las cosas mal, se tiene que morir igual.

Con la certeza de que no puede ser abyecta porque narra desde las entrañas del mercado, la dupla de directores se permite pasear la cámara por todos lados, moverla frenéticamente, hacer planos cenitales, y toda una parafernalia publicitaria videoclipera que se auto-asume con alegría. Y es que esa es, al final, la educación audiovisual de nuestro protagonista Victor (cuyo rostro tiene varía inevitablemente entre la incredulidad y agitación).

La compleja estructura del film, que se asemeja a la del juego del teléfono descompuesto, en el cual el mensaje se va a deformando a medida que va pasando de boca en boca, hace que nuestros personajes sólo sepan una porción de la situación general que los engloba a todos. Y con maestría se manejan los puntos de vista, el montaje paralelo, el recurso tan gastado del McGuffin, y todo lo que ayude a generar efectos –en el buen sentido- en el espectador. A veces en esa búsqueda tan arriesgada se llevan puesto el verosímil o se verbaliza de más, pero esa tosquedad me da confianza en lo visceral del relato: esta película no pasó por Talent Campus, Labs, o ese tipo de cosas.

Si ahondamos un poco más, 7 Cajas termina siendo una película sobre las imágenes: la imaginería que se crea a partir de ellas. Victor inicia su travesía para poder filmarse con el nuevo celular (recordemos que estamos en 2005), pero sus condiciones sociales se lo impiden: la historia, entonces, es la búsqueda de su propia imagen. El problema (y lo genial de la película) es que todas las peripecias terminan devolviéndole algo mucho más oscuro, sórdido, algo que no se puede esconder detrás de cierta alegría de la narrativa clásica y que es, como lo terminamos viendo en todos los televisores, grabado en el celular que tanto quiso Victor, la violencia.

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¡cumpleaños!

En realidad empecé a escribir sobre cine hace tres años más o menos, pero este blog tuvo su primer cumpleaños este 20 de julio. Me sirvió para conocer gente, para auto-imponerme una disciplina que si bien a veces es una carga más entre otras tantas (facultad, trabajo, etc.) sigue siendo un placer -espero que para los lectores también- y me sirvió para seguir manteniendo una actitud crítica no sólo ante las películas sino ante todo lo que ocurre cuando uno sale de su casa, es decir, la vida pública. Siento que hubo una evolución y creo que seguiré mejorando por dos motivos: una cuestión de práctica pero sobre todo, voy a seguir leyendo y viendo películas. Hay que estudiar. No creo que haya grandes cambios en el formato del blog o su estructura: seguirá siendo libre y seguiré escribiendo sobre lo que se me ocurra y cuando se me ocurra. 

Saludos y gracias

el combo AB / me perdí hace una semana y algo más

1) “¿Usan nuestros impuestos para financiar películas como ésta?” vociferó una señora apenas terminada Me perdí hace una semana.

2) AB y Me perdí hace una semana son dos películas de Iván Fund, estrenadas simultáneamente y que pueden funcionar en conjunto. La primera comienza con los primeros planos de las dos casi veinteañeras protagonistas y sus voces en off entrecruzadas. En ese prólogo puede encontrarse la claves de la película: la construcción de la identidad respecto del otro, porque el tiempo de adolescencia se acaba. Pero hasta el momento de partir (o no) del pueblito, lo que moviliza la narración son los perritos recién nacidos, como una suerte de Mac Guffin. Propician el viaje, el encuentro con las otras personas y por lo tanto, con la realidad. A la manera de Los labios, la película de Fund codirigida con Santiago Loza, el conflicto interno es ficcional pero el recorrido es intensamente documental. Por eso las escenas de más intimidad –la chica con el novio, por ejemplo- son las que menos concuerdan en este sistema propuesto.

Luego, viene Me perdí hace una semana que es (aún) más dispersa narrativamente. Es más áspera: casi toda sucede de noche, en contraposición a los hermosos flares solares que proponía la otra película. Los personajes no se quieren tanto: otra voz en off nos dice que tanto en la ficción como en lo que sucede por fuera a ella, las cosas en la pareja no andaban bien. Distintas maneras de relacionarse con lo real. No hay sobrepoblación de perritos, sino que aquí es el que falta.

3) La relación que se da entre ambas películas es lo interesante. Una pregunta, la otra responde: no lo digo como una metáfora que queda linda, sino que MPHUS funciona como un ensayo sobre la ficción –como si fuera una película de Matías Piñeiro pero con todo lo que implica filmar fuera de Capital: ambientes algo más sórdidos, mayor dispersión, gente menos linda, la parsimonia que implica una jornada laboral con su respectivo viaje (espero que se me entienda la licencia poética)- en la que sus personajes problematizan desde adentro su representación. Ese es el film en el que se pone de manifiesto el sistema de trabajo (o mejor dicho, lo recurrente en la obra) de Iván Fund. Si MPHUS es la que se preguntaba acerca de los límites de la ficción y la imagen, AB aprende de su predecesora y narra más libremente. Porque ya es una obviedad decir que nada aquí pretende aspirar a la totalidad o a lo orgánico, pero eso es justamente la gracia de ambas películas: son experiencias incompletas si el espectador no sigue el ejemplo de Fund y sale a encontrarse con las historias de las personas desconocidas que andan ahí afuera.

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The Wind Rises y la certeza de que Hayao Miyazaki es un capo

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¡Ve, pensamiento, con alas doradas / pósate en las praderas y en las cimas /donde exhala su suave fragancia / el dulce aire de la tierra natal!

Temistocle Solera, Va, Pensiero

Empiezo con una afirmación grandilocuente que no tiene que ver con el espíritu bastante humilde, casi tímido, de The wind rises, la última película de Miyazaki: una tradición del cine está todavía filmando la salida de los obreros de la fábrica de los Lumiére. Y esa relación del cine con el trabajo es por muchos motivos, conflictiva, y por lo tanto, fructífera. Por muchos motivos: económicos, sociales y de producción. Para hacer cine se necesita capital y trabajo, algo necesario para cualquier fábrica. Es difícil la representación del trabajo: acá elijo unas películas sobre eso.

Esta es la historia de Jiro, un ingeniero aeronáutico que de alguna manera cambió la historia bélica de su país, Japón. Miyazaki toma trozos de su vida, instantes privilegiados, para narrarla. Es una extraña manera de relato, no del todo orgánica: como la vida, bah.

No por nada esta película, dicen, despertó polémicas en su país y en países aledaños. Que ensalzaba el espíritu imperialista de Japón, que aparecen meretrices, ¡que fuman! Cuando ese realmente es el mérito de la película, que termina siendo más realista que muchas otras que tienen actores de verdad. Ese es el problema cuando un director arriesga y muestra algo con sus matices y contradicciones, eso parece molestarles: no hay conclusión aquí.

Un aire aristocrático sobrevuela toda la película. Todo parece indicar que las familias de Jiro y de Naoko pertenecen a la clase alta de Japón y que por eso tienen la oportunidad de estudiar. Entonces su posición no es sólo un privilegio: es una responsabilidad. Y eso es algo importante en la identidad japonesa, pareciera ser, algo que se repite en varios comentarios melancólicos de los personajes sobre el atraso de su país (algo que no pasaba con la burguesía de Argentina).

Esta es una película de animación bastante atípica. Generalmente, por su identificación con lo infantil, privilegiaba la acción por sobre otra cosa. Pero The wind rises se caracteriza por sus movimientos de cámara elegantes y la preponderancia de primeros planos. Todo lo onírico ya no es más propiedad privada de la animación, luego de la supuesta revolución de Avatar y el CGI y el 3D y esas cosas. Pero la sensación que da es que gracias a una delgada, muy delicada –a punto de romperse- unión de escenas, la película funciona. Porque si todas escenas en las que los aviones se meten en la cabeza de Jiro, y por lo tanto en el estudio donde está trabajando, fuesen un aditamento a la imagen real las uniones, la organicidad extraña de la que hablaba se perdería.

E incluso todos esos momentos de contemplación, los más bellos de la película, tienen su encanto desde la animación. En especial los movimientos producidos por el viento, que despeinan, desarreglan las ropas, hacen bailar el humo que producen los aviones. Porque nunca hay que dejar de estar en esa búsqueda, más allá de lo que se pueda decir de un país, de la relación con otros, de las identidades, no hay que perder de vista la belleza, que está en todos lados.

Por eso Jiro, antes que nada, quería hacer aviones bellos (no como los alemanes). Pero la sombra de la guerra, así como la del terremoto, está todo el tiempo sobre ellos. Quizás él sobreactúa su ingenuidad, o se entrega al fatídico destino de que sus inventos sean para la guerra. O como dice el italiano: “La aviación está afectada por la maldición. Nuestro sueño será devorado por el cielo”. La ambición del hombre para medirse con las fuerzas de la naturaleza también uno de los grandes temas que atraviesa la película porque eso determina el poderío tecnológico de un país y es ese el trabajo de Jiro. Y no hay nada de terrible en eso: de The wind rises aprendí que se puede, con amor, alegría y belleza, buscar un progreso más humano que cambie cualitativamente (como el cine también puede hacerlo) la vida de las personas*. Sobre todo desde un lugar que no es el de protagonista: Jiro no puede volarlos, por eso los hace. Y que, básicamente, para lograrlo hay que, parafraseando a Iorio, laburar.

 

*Por eso hay que frenar la Mascheranización del fútbol argentino. Es un juego, hay que disfrutarlo. Propongo a Rojo o a Di Maria, que son más alegres afuera y adentro de la cancha. Ojo, no nos pasemos del lado del cancherismo de Lavezzi.

 

under the skin

(la película, para bajarla y luego discutirla, se puede bajar acá, gracias a esa gran página que es “400 películas”)

under the skin

 

¡Hijos de puta! ¡Déjenle a Scarlett ser humana alguna vez! Ya es la tercera película que veo en la que Scarlett Johansson actúa de algo que no-humano. En Her, es un robot, en Don Jon, un maniquí, y en Under the skin, la película que nos convoca,un extraterrestre. No entiendo la necesidad de quitarle su humanidad: su cuerpo debería ser patrimonio universal y los directores se empeñan en darle otro origen. Así como algunos latinoamericanos festejamos cada partido ganado por las selecciones latinoamericanas en este mundial, todos deberíamos festejar, como humanos, por cada centímetro de piel de Scarlett que podemos ver en pantalla.

Es verdad que la primera escena, a modo de prólogo, es magistral. Todo lo que al transcurrir la película se vuelve molesto al principio parece estar en orden. El comienzo se compone de elementos estrictamente visuales, estéticos: de lo pictórico luego irá a lo figurativo. Unas líneas sin relación posteriormente compondrán un ojo, la génesis de Scarlett Johansson y con ella, de la película. Si bien nunca hay una impronta narrativa, luego todas las imágenes del film estarán sobrecargadas de sentido, en este prólogo hay sólo un pequeño y efectivo juego cinematográfico.

La protagonista está todo el tiempo buscando algún atisbo de humanidad y el problema radica en que se equivocó de película. Debería probar en alguna de los hermanos Dardenne y no en ésta, que tiene más puntos en común con el cine de Gaspar Noé. Refugiarse en la planificación y mostrar el mundo por paisajes pareciera ser la estrategia de esta película a la que no le alcanza lo que se ve a simple vista. Sin embargo, no hay una mirada indagatoria sobre los fenómenos del mundo y la ciudad, como podría uno esperar de un extraterrestre que ve todo por primera vez, si no más bien hay una vaga curiosidad que se parece a un cuelgue fumón. Esta especie de estetización misántropa y cool pareciera ser que es tendencia mundial según la última edición de Cannes (más info, acá).

Jonathan Glazer viene del videoclip y se nota: usualmente el término que siempre uso con connotaciones peyorativas, esta vez no lo es tanto. Es un videoclip calmado, casi incluso reflexivo, claramente con otros tiempos que los que pide la industria audiovisual. Pero también en su timidez coquetea con lo sublime o con categorías que son claramente pretenciosas en el mal sentido. Y en eso me recuerda a Kubrick y a su Odisea del espacio: nunca entendí la desconfianza de toda la crítica hacia él. Es pretencioso, efectista, misántropo, como esta película. Pero 2001 era una “experiencia” no-verbal que tenía ideas cinematográficas que iban más allá de la explicación que piden los espectadores y en ese sentido es un punto a favor para Kubrick, ¿no? Sin embargo, no encuentro grandes diferencias entre una película y otra. Pero una está en todos los top 10 de la historia del cine y de la otra nadie nadie se va a acordar en unos años.

Ida, de Paweł Pawlikowski

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Todos nosotros, consumidores audiovisuales, estamos expuestos a una obscena cantidad de imágenes que en pos de ser reconocidas como tales, estallan en múltiples direcciones. De una vocación pirotécnica, con ralentís a no sé cuántos cuadros por segundo, lentes irrisoriamente angulares o un montaje entrecortado y disléxico, pretenden destacarse a fuerza de espectacularidad. En tiempos del mundial, donde donde todos los avances técnicos deben ser mostrados como un triunfo, Ida, la película de Paweł Pawlikowski, se posiciona felizmente contraria a esa tendencia.

Como una suerte de purificación para la vista del espectador, remite a ciertos aspectos del cine mudo. En primer lugar, ese glorioso blanco y negro es una delicia para los sentidos aunque esté filmada y proyectada en digital: no quiero imaginarme lo que sería en fílmico. La relación de aspecto 4:3 también es un gesto no sólo a la historia del cine, sino al espectador menos consciente de ella: esto, aún sin saber nada de historia, es otra cosa con respecto al 3D o a las pantallas super anchas de los plasmas.

Profundizando más su búsqueda, pareciera ser que en Ida las palabras están de más. No hay muchos diálogos y cuando los hay, se los sacan encima rápido. Si bien esto es una road-movie, los descubrimientos se dan a conocer mediante pequeños gestos faciales que a su vez encierran mucho más sentidos contrapuestos, que a su vez generan intriga, y que por eso son más cinematográficos, y todo eso es algo, objetivamente, bueno.

Las palabras molestan a tal punto en la búsqueda de la “pureza” cinematográfica que en varios momentos de la película los subtítulos tapan la cara de los personajes gracias a los encuadres preciosistas de Pawlikowski. Ida, la monjita, no se anima a ocupar el centro de la pantalla y se queda en los márgenes, sumisa ante ciertos paisajes. Es que, para ella, todo ese espacio no está vacío: no voy a decir que ahí está Dios porque es una obviedad y porque eso mismo hizo Dreyer hace 90 años, pero seguro que hay algo en el aire que se vuelve bastante denso y que no le permite asumir el protagonismo a la, justamente, protagonista.

La que lleva las riendas del viaje y por lo tanto de la narración es la tía, una jueza hermosa que se la pasa borracha porque, total, “cuando llegue estaré sobria”. Mientras que Ida acumula tensiones en su imperturbable rostro. Ella tiene, diría Deleuze, un rostro reflejante: “El rostro […] recoge o expresa al aire libre toda clase de pequeños movimientos locales que el resto del cuerpo mantiene por lo general enterrados”. El cine entonces, bah, esta película al menos, no seamos tan grandilocuentes, es ir en búsqueda de esas sutilezas que esconden (con mayúsculas o sin mayúsculas) la historia.

cosas sobre el mundial que no necesariamente tienen que ver con el fútbol

I. Soñé que me llamaban del diario La Nación para escribir una columna de opinión sobre “Los jugadores de fútbol en la era de la impaciencia”. Más allá del pomposo título, creo que resumió lo que yo venía pensando respecto de algunas cosas que pasaron en el mundial.(Que, aparte, no puedo parar de ver. Tengo que estudiar, ver películas, leer, vivir, pero no puedo parar de ver partidos y eludir responsabilidades. Lo más divertido, por lejos, son los lazos que uno hace ante la dificultad de verlos: me hice amigo del panadero de al lado del negocio donde trabajo que tiene televisor, del empleado del Sony de Cabildo y Juramento, y nunca fue tan fácil entablar una conversación.)

La FIFA bajó línea con respecto a los jugadores que se tiren: si hay contacto, no saquen amarilla aunque exageren. Sólo amonestación cuando es muy burda la simulación. ¿No es legitimar esta conducta totalmente antideportiva? De todas maneras, hay jugadores que se tiran y jugadores que no. Los más jóvenes están acostumbradísimos a simular, y si no miren esto. Pero no podría imaginarme a Riquelme, a Lahm, a Ryan Giggs, andar tirándose ante cualquier toquecito. Son mentalidades en transición: quedan jugadores de un lado y del otro, al lado de Messi, Cristiano Ronaldo es la antítesis. El mejor ejemplo, el de Thomas Muller, que en el partido contra Portugal, viró de un comportamiento a otro: primero se dejó caer ante un pequeño manotazo de Pepe y que después del micro cabezazo del mismo, amagó con seguir simulando y quedar muerto en el piso, pero se le subió la sangre y lo fue a pechear.

II. Las propagandas de cervezas, bancos, desodorantes, y otros productos que pretenden identificarse con lo nacional, navegan entre un módico odio por el otro (El Gran Otro que tiene este mundial: Brasil), un resentimiento acumulado por años de fracasos y un vago chauvinismo. Habrá que unirse como argentinos para que Messi sienta la energía cósmica y haga algún gol, retorcida lógica. Pero eso es más de lo mismo. El problema es la presión a los jugadores: años de desaciertos en todos los niveles para que la selección arregle los problemas. Entonces por cada gol que metan un banco hará ¡un potrero!, o una casa de préstamos perdonará una cuota, o Frávega regalará un plasma. Ese tipo de cosas son las que hacen más grave el fútbol y más difícil el pensamiento, generando una olla a presión que sólo puede generar más violencia. No el juego en sí, que es maravilloso. Incluso el circo alrededor de él, también es tragable comparado con el de, por ejemplo, la NBA.

III. En ese sentido, las propagandas estatales rozan lo paupérrimo por muchos motivos. No hay mucha diferencia con las de las empresas privadas, sólo que son más nocivas: una gestión tan buena debería ser defendida de una mejor manera. Las analogías del tipo Messi/YPF no hacen más que empobrecer la discusión política. Esas propagandas, de alguna manera, son admitir la derrota.

Porque el axioma tan 678 de “se juega como se vive” es una estupidez. La gente como Galeano, Victor Hugo lo seguirá repitiendo porque quiere ensalzar los potreros y la gambeta por sobre la estrategia y el orden para así seguir manteniendo el pobrismo campanelliano como bandera, pero la verdad es que las cosas son más complejas. Sé que no estoy justificando mis dichos pero mi relación con la política es más bien emocional, entusiasta, intuitiva -no lo digo como motivo de orgullo, sino con ganas de remediarlo-.

IV. Veo los noteros que están con sus móviles diseminados por todo el Brasil y pienso lo mismo que cuando aparece Matías Martin o Andy Kutznezoff -o más de la mitad del staff de radio Metro-: ¿¡qué tipo de mérito hicieron para que una empresa privada les pague el pasaje a Brasil pretendiendo que trabajen!? Se la pasan buscando brasileras o chicas de cualquier nacionalidad y sacan a relucir su pésimo inglés para preguntarles si tienen novio y sin importar la respuesta, repreguntan sobre qué tal los muchachos argentinos. No voy a ponerme en moralista sobre lo malos que son los periodistas deportivos argentinos, pero ¡qué malos son los periodistas deportivos argentinos!

Hay que pensar en la contra-cara de los movileros pajeros: los que se fueron a Brasil sin entrada, sin alojamiento, sin que importase mucho el fútbol. Esos que se la pasan paseando por Copacabana, tomando cerveza todo el día (u otras sustancias), se compraron la remera original de Messi y que recordarán brumosamente su viaje, como si repitieran el de egresados, sólo que más caro, siendo más viejos y eludiendo más responsabilidades.