dos disparos y rejtman

DosDisparos

En una entrevista reciente Martín Rejtman decía que su película, la última, Dos disparos, se tomaba vacaciones tanto como los propios personajes. Luego de seguir al protagonista, el fallido suicida, a su hermano y a los circustanciales acompañantes, hacia la mitad viajamos a la costa con tres personajes que a priori no parecían llevar el peso de la narración: la madre de la familia, la profesora de flauta y una mujer random cuya filiación a las otras dos se limita a compartir una cadena de mails. En ese divague la película encuentra aire y genera las situaciones más cómicas –el tono rejtmaniano le calza perfecto a cincuentones desencantados-. En sus anteriores películas (más que nada las últimas dos, Silvia Prieto y Los guantes mágicos) la narración estaba centrada en algunos personajes puntuales. Dos, tres, o cuatro, pero no más, contando la presencia de Rosario Bléfari y de Vicentico, con todo el peso que ellos conllevan. En cambio en Dos disparos está todo más repartido y el sistema de seguimiento que podía vislumbrarse en las anteriores películas ahora está más claro: como una especie de carrera de postas que podría prolongarse indefinidamente. Aunque, claro, incluso cuando seguimos al perro o a María Fernanda Aldana en Silvia Prieto, no es azaroso el relevo: hay una lógica de transacción que lo sostiene.

A la salida de la proyección quedó la pregunta en el aire: ¿es esta su mejor película? El aire melancólico de principios del milenio sumado a la textura del fílmico juega a favor de sus anteriores, pero me da la sensación de que todo lo que había hecho fue para llegar esta última. La depuración de lo que él llama sus “materiales” alcanza su punto máximo: los recitales de flauta, las hamburguesas, el perro, el suicidio, los diálogos, los bailes. No estoy diciendo que Dos disparos sea la mejor –porque ¿qué significa eso?-, sí que es la culminación de una filmografía que está encontrando sus propios límites.

Rejtman siempre filmó su propia utopía y en esa tozudez radica su estilo: en la importancia que se le da a los objetos o a los fragmentos  hay algo que no concuerda con la cotidianidad de nuestras vidas. La puesta en escena le da igual importancia a todo. Entonces, comparemos la magistral secuencia inicial con, por ejemplo, el gag de las hamburguesas en el freezer de la casa de la costa. Estos objetos, disímiles tanto por su uso como por su lugar en la sociedad –o en la mayoría de las narraciones convencionales- pierden sus diferencias. Lo mismo pasa con el dinero, relegado a la categoría de una cosa más: ya no es más esa cosa omnipotente, que todo lo puede comprar. Por eso la importancia del trueque en, por ejemplo, Los guantes mágicos. El saco Armani, un saco que desde luego es caro y que podría ser un signo de poder económico, pierde sus facultades mágicas y es sólo un saco. Por eso sus personajes no están preocupados realmente por lo que tienen o no. No es una cuestión de ostentación, sino todo lo contrario porque para ellos, también, todo vale más o menos lo mismo.

Rejtman, entonces, no se deja llevar por la parafernalia que podría –y que es una tentación- imponerse sobre todo lo que filma. Llevado a un grado cero de puesta en escena, el mundo que expone es el menos comentado de todos los que algún director argentino haya imaginado. En él, todas las cosas, objetos, personas, sentimientos, planos, nacen libres, iguales, y siendo pasibles de ser unidos en cualquier dirección y de cualquier manera. Y si la combinación al final termina siendo cómica es porque termina mostrando, sin miedo a la incomodidad y con mayor honestidad, lo delicado y absurdo que suele ser nuestro propio mundo.

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