sobre chicas y texturas

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“Summer era una mujer promedio: altura media, peso medio, los pies un poco más encima de la media: para toda intención o propósito era sólo otra chica, excepto que no lo era. […] Era una realidad poco común, el efecto Summer, raro y algo que todos los varones adultos se han encontrado por lo menos una vez en la vida.” Summer es Zooey Deschanel, cuyas intenciones o pensamientos terminan siendo totalmente extraños a cualquier espectador que se precie. Ella es, como leí en este artículo, una Manic Pixie Dream Girl. La definición, cito, es: “esa criatura burbujeante, superficial, cinematográfica que sólo existe en la imaginación febril de sensibles escritor-directores para enseñar a los jóvenes intensos a abrazar la vida y sus misterios infinitos y aventuras”.

Nosotros somos Tom, el boludo que sin motivación aparente, dispone todas sus fuerzas vitales en función de la chica. La chica en cuestión va, vuelve, se replantea, ama eternamente y luego lo deja por otra víctima que todavía no sabe lo que le espera. En el trayecto, la cara que más pone es de incredulidad. Cuando está con ella, porque es muy bueno para ser verdad, y luego del rompimiento, porque no encuentra las razones. En retrospectiva, verá que nada fue tan bueno como lo pintaban. Hay que pensarlo de esta manera: bien musicalizado y unos buenos flares, sumado a una chica con lindos ojos, flequillo y voz dulce, ¿quién no querría mentirse? El problema es cuando termina todo. Y ahí entran en juego nociones cinematográficas, porque la voz en off omnipresente, sumado a los saltos temporales tiñe toda la película como un largo, sinuoso, y muy mediado flashback. Probablemente lo que vimos fue producto de la imaginación extraviada de nuestro protagonista, Tom, que bien podría ser el guionista de su propia película (más si pensamos la dedicatoria del principio).

Cuando hablamos de que esas chicas no existen –y si existen es por culpa de estas películas-, hay que tener en cuenta la idealización que vienen incluida en el imaginario indie. Todo empieza por un par de referencias pop vagas y ñoñas: Los Smiths, alguna serie estadounidense y un inexplicable amor por Ringo Starr. Es difícil pensar a una persona como la sumatoria de sus gustos  Más allá de todos los comentarios acertados que pueden hacerse a partir de High fidelity, la verdad es que si apuntamos a la pestañita de información de Facebook a la hora de elegir con quien pasar nuestras horas, vamos fritos. Porque ese tipo de definiciones, al final, son pura cáscara. Yo también, muchachos, pensaba que si me miraba a los ojos con una chica en un recital determinado, el amor iba a ser instantáneo y eterno. Nada de esto sucede en la vida real y supongo que esa es la gracia del cine. Cuando el protagonista dice que está enamorado de Summer, ennumera: su sonrisa, su pelo, sus rodillas, la marca de nacimiento en forma de corazón que tiene en su cuello, cómo lame sus labios antes de hablar algunas veces, el sonido de su risa y cómo es cuando está dormida. ¿Cómo está filmado eso? Publicidad.

Ejemplos de las Manic Pixie Dream Girl hay miles, atravesando barreras nacionales y épocas. Desde el principio, esa efervecencia propia de la screwball comedy se apoyaba en sus protagonistas femeninas: Audrey Hepburn en Roman Holiday o Katheryne Hepburn en Bringing up baby. Después, podemos pensar una genealogía que desemboca en Amelié, y que ahora invade las producciones indies como Ruby Sparks, Elizabethtown, The perks of being a wallflower y otras que abusan del recurso. No podemos negarlo, hay mucha belleza ahí: Zooey, Kirsten Dunst, Emma Roberts, Emma Watson. Entre esas primeras películas de las Hepburn y éstas últimas pasaron muchos años y lo que un primer momento podría haber sido una especie de revelación sobre las libertades que puede gozar una mujer, ya se vuelve una fantasía justificadora de muchas actitudes horribles. Porque no hay un acercamiento femenino: simplemente es la mirada entre obnubilada y acrítica de los hombres fascinados con tanta belleza.

Tomemos el caso paradigmático de Amelié: el propio director, Jean-Pierre Junet, admite haber borrado todos los grafitis de las calles por las cuales paseara su personaje. Esto, que podría tomarse como un intento de reflejar el paisaje mental de la protagonista, en realidad esconde otra cosa: la negación de salir al encuentro de lo real. Entonces el escapismo que es propio de Amelié se corresponde con el de la película. Como bien dice el artículo antes citado, nunca sabemos de qué trabajan estas chicas, cuando no son diseñadoras gráficas con un holgado horario.

tumblr_n1f4iovyt81s9m1mbo2_1280Otro tratamiento sobre las calles tiene Frances Ha. Si bien la protagonista tiene ciertos rasgos en común con las anteriores, el relato está en primera persona. Y entonces lo que antes era incomprensión/fascinación, ahora se transforma en una cuidada descripción de personaje. Es interesante un término que se maneja en la película: cuando Frances o alguna amiga hace uso de alguna palabra rara, cuando muestra un temperamento independiente o da muestras de una pasión genuina, que implique un corrimiento de la vida típica neoyorquina, se la acusa de undateable, cuya traducción sería algo así como: imposible salir con vos. Y así se manejan las MPDG, corriéndose un poco para ser cool pero no tanto como para ser freak.

lenachloeDe todas maneras, Frances se la pasa moviéndose, bailando: su físico cobra importancia. Algo que no pasa en Amelié, no sólo porque esa muchacha es básicamente un pibe, sino porque así como se limpian las calles de grafitis, se limpia el cuerpo de imperfecciones, se quita todo lo incómodo que puede tener lo corporal. La mejor salida posible para ese problema lo muestra otra chica, que ya mencioné al pasar, llamada Lena Dunham.

Lena pone el cuerpo. En sus ficciones, de hecho, se la pasa desnuda. En Tiny Furniture, su ópera prima, dos chicos discuten sobre ella: no se deciden si la desproporción de su cuerpo es por la panza o si son sus tetas chicas. Su belleza, a diferencia de todas las demás, no es publicitaria ni se la filma como tal. A ella le vemos la celulitis y esos tatuajes que no son necesariamente lindos. Así, en el cuadro, vemos texturas: algo que Amelié nos negaba. A partir de las imperfecciones se crea un estilo, dicen. Lo impropio es lo que la distingue. Ella es orgullosamente undateable por una razón: cuando las demás chicas dejan que el hombre haga un relato de su cuerpo, ella toma las riendas y narra en primera persona, humanizándose.

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frances ha, el indie, y mi imposibilidad de disfrutar

Quiero que me guste Frances Ha. Pero no hay caso. Esbozo algunas explicaciones y encuentro cuestiones personales mezcladas con cuestiones específicamente cinematográficas. Incluso formalidades de puesta en escena o de montaje. Es decir, el blanco y negro, la música de Los 400 Golpes (!), las correteadas de Greta Gerwig entre otras  decisiones de Noah Baumbach configuran una película totalmente cool de la cual me quedo afuera.

Una explicación posible es que yo soy un amargado, un quejoso que no puede ver en las actitudes de la protagonista valores auténticos o motivaciones espontáneas. Otra explicación sería que la protagonista no es tanto el problema, sino quien recorta ese pedacito de mundo que es la película y le asigna un lugar a ella en él. Las elipsis son más bien arbitrarias, o peor, no generan ningún tipo de interés porque uno podría tranquilamente imaginarse lo que está pasando entre escenas. O quizás realmente ésta sea una película fallida en su tesis y en su hipótesis: en su fin (o norte, o meta) y en el camino hacia ello. Pero ya voy a tener tiempo de seguir hablando de mí mismo.

Hay películas contagiosas, de las que en ellas hay una onda expansiva que se instala en nuestros ánimos durante todo un día o toda una semana. No necesariamente es un mérito intrínseco, porque esto puede generarse por el valor documental involuntario: las calles de Buenos Aires, o de cualquier otra ciudad del mundo, a los fines de los años ’70 tenían particularidades (o eso supongo) que en las pelis de Aristarain, por poner un ejemplo, se pueden sentir. En las películas de Fellini, no necesariamente identificadas con lugares específicos (aunque podríamos hablar de Cinecittá), dejan flotando un aire de fiesta, ayudado también por la música de Nino Rota. Otras, en cambio, son contenidas y el espectador es el que está obligado (bah, si tiene un mínimo de interés) a meterse en la narración y completarla. Hay que hacer preguntas y esperar pacientemente que nos tiren un hueso. Se me ocurre Shara, de Naomí Kawase, se me ocurren las películas de Jarmusch.

Frances Ha pretende ser del primer grupo, pretende transmitir una sensación o un estado de las cosas, el querido y siempre citado zeitgeist. Y en esa ambición se queda y no llega a ser ni la una ni la otra. Ocupada por generar todo el tiempo imágenes memorables, de esas repetidas en tumblr o en fotos de portada de jóvenes hipsters de todo el mundo, cae repetidas veces en el valor estético que tiene el audiovisual relacionado con la publicidad. Y gran parte de la culpa la tiene la música, siempre es la música.

Me molesta el tono afable, simpático de la narración. Esta es una película en sordina (un pedal que existe en los pianos para que suene todo más bajito). Esa especie de mirada tan a la manera de Amelié propia de una chica clase media escapista. Ahí está el problema, en que no hay problema. No necesariamente debería haber un conflicto para que una película avance, pero esta mirada apacible sobre el mundo y las relaciones del director y la protagonista se vuelve monótona, acrítica, hasta al punto de la irritación.

El párrafo de arriba intentó ser serio, hablar con un poco de mesura. Tengo 19 años y por eso me permito varias cosas: una prosa atolondrada, notas con ánimo de trascendencia y categorización, juicios desmedidos y por último, la exigencia a todos por igual de rigor intelectual (esto último pareciera algo obvio, pero puedo asegurarles que no está presente en estos últimos años de crítica). Por eso a la manera del crítico que aparece en 8 y ½ (ya que hablamos de Fellini), pretendo que todas las películas tengan algo de revolucionario y algo de novedoso. El cine indie estadounidense  -en este caso canadiense, que está cerquita-, a priori, desde sus medios de producción, podía tener algún eco de las intenciones de cambio del status quo de generaciones anteriores. Pero se ha vuelto una fórmula cristalizada. Y ya ni siquiera las películas se hacen con poca plata (o poco profesionalismo). ¿Entonces qué queda? Queda una cascara vacía: el detenimiento en los sucesos cotidianos, el rescate de lo vintage, un par de poses y no mucho más. El problema no es lo indie sino la pereza de recurrir a un camino ya recorrido.

Hay un chiste interno en la película: ante algún comentario de Frances que implique cierto saber o posición frente a la vida, sus amigos cool le dicen “undateable”, es decir, nadie querría salir con ella. Puedo entender que pueda parecer una boludez, pero para alguien (quien les escribe) que encaja perfecto en esa descripción -mis fines de semana son testigo de ello-, lo deja pensando. Ese concepto, de persona díficil, con una actitud que no sea totalmente displicente con su ambiente hace que nadie quiera salir con ella. Apliquémoslo a la película: Francis Ha hace todo lo posible por no ser “undateable”.